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viernes, 7 de junio de 2013

Nadie como ellos disfrutó el paisaje


Así lucía el Salto de Juanacatlán.

   Los modernos medios de transporte, como el ferrocarril, el automóvil y el aeroplano, desde su aparición en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, trajeron a los viajeros comodidades y ahorros en tiempo y recursos que jamás soñaron. Sin embargo, el precio pagado por ello fue tan alto que se perdió el contacto íntimo con la Naturaleza que el hombre de a caballo había establecido como forma de vida en México durante cuatro siglos.
   Sí, porque no es lo mismo cruzar llanuras y montañas a velocidades de 80 y 100 kilómetros por hora, o peor aún, a bordo de un avión entre las nubes, que apreciar paso a paso, a lomo de mula, las bellezas del paisaje, las montañas y los ríos, las cascadas, los colores del campo, el lenguaje de los animales, los sonidos de la noche, y disfrutar además el contacto directo con las tradiciones y costumbres de los pueblos.
   Abundan los testimonios de visitantes extranjeros que, lejos todavía de la velocidad impuesta por la vida moderna, tuvieron ocasión de gozar esta relación íntima con el paisaje mexicano en los tiempos en que no se podía viajar más que a lomo de bestia, en cómodas literas o en el mejor de los casos, a bordo de diligencias.
   Asombran los relatos de viajeros, testigos de imponentes espectáculos naturales que no vieron ni verán ya las nuevas generaciones, porque incluso algunos de ellos se han perdido para siempre.

Esplendor y muerte de una maravilla natural

Esto es lo que ha quedado de aquel prodigio.

   El Salto de Juanacatlán, sobre el Río Santiago, al Sureste de Guadalajara, que fue hasta hace unas décadas la admiración de propios y extraños, a la fecha se encuentra lamentablemente reducido a unos cuantos chorros de aguas pútridas y malolientes que matan hasta el zacate.
   Esta maravilla de la Naturaleza fue visitada en 1824 por el viajero italiano Giacomo Constantino Beltrami. Así la vio:
   El río se abre paso a través de un “seminario” de rocas dispersas en una pendiente; después se inclina sin tropiezos sobre una de las bocas del precipicio y ofrece una extensión de agua cristalina que se desliza sin ruido. Allí, entre mil curvas, se precipita fogosamente y se levanta en mil pequeñas cascadas separadas; en otro lugar parece una cuna estrecha, para precipitarse después con toda su enorme masa desde una gran altura con un ruido ensordecedor; más lejos, serpentea entre pequeñas islas y rocía árboles majestuosos, cuya sombra desparrama mil colores sobre las ondas; luego se oye que muge, pero ya no se le ve hasta que reaparece en el fondo de un abismo, escapando con gran furia del precipicio que quiere encadenarlo. Me encantaría poder pintar este espectáculo, pero me es imposible. Dudo mucho que los poetas y los pintores más hábiles puedan reproducir este lugar tal y como la Naturaleza lo ha creado; se agotan en él todo lo que de ideal tienen lo bello y lo horrible, y creo imposible que pueda encontrarse algo parecido (El aspecto de las cataratas del Niágara que vi después, no hizo más que confirmar mi opinión). La noche cayó y ocultó este espectáculo maravilloso. Vayamos a soñar con él...

La estúpida indiferencia

   El propio Beltrami comenta luego que cuando regresó a Guadalajara las gentes se sorprendían y aún se burlaban del éxtasis que tal prodigio natural había producido en su alma, y curiosamente, dice, nadie le habló de esto en la ciudad, ni aún las personas más distinguidas de la provincia. “Otro efecto más de esta estupidez, de esta indiferencia asiática”, afirma.
   Tal apatía ante los valores de la Naturaleza, que por lo visto data de  muchos años, es lo que ha provocado la pérdida ¿irreversible? del bello Salto de Juanacatlán. ¡Qué vergüenza!

   Obra consultada: Beltrami, J.C.  Le Mexique. Paris, Crevot, 1830.
     Imágenes: Página de Coplaur Guadalajara en Facebook.



viernes, 31 de mayo de 2013

Qué buscaban los viajeros del siglo XIX

Viaje en litera. Litografía de Claudio Linati (1828).

Intereses económicos, científicos y políticos, además de turísticos, destacan entre los motivos que impulsaron a los viajeros extranjeros a visitar México durante el siglo XIX.
Tomando en cuenta las incomodidades y los peligros que en aquellos años significaba cualquier recorrido por el territorio nacional, debido a los malos caminos, pésimos hospedajes, falta de alimentos y abundancia de aduanas, alcabalas y bandidos, además de que gran parte del siglo lo pasó el país en estado de guerra, sería ingenuo pensar que muchos de estos personajes expusieron su seguridad y comodidad sólo por el gusto a la aventura o por el puro placer de viajar.

El interés científico de Alejandro de Humboldt

Si por sus obras se conoce a las personas, nadie dudaría que el principal interés que guió al alemán Alejandro de Humboldt en su fructífero recorrido por México en 1803 fue el conocimiento científico. Así lo demuestra, entre otras obras, su Ensayo Político Sobre el Reino de Nueva España (1822).
Otro viajero que manifestó intereses principalmente científicos fue el estadounidense John Stephens, quien en 1841 recorrió la Península de Yucatán para estudiar la arqueología de la región. Como resultado de ello escribió Incidentes de viaje en Centroamérica, Chiapas y Yucatán.

Objetivos económicos de los ingleses

En los albores de la Independencia visitaron México varios extranjeros, entre otros, el capitán George Francis Lyon, de la Marina Real Inglesa, con el fin específico de expandir los negocios de su país, especialmente los mineros. Basil Hall y William Bullock pertenecieron a este grupo de viajeros, interesados básicamente en cuestiones económicas.

Motivos políticos de estadounidenses y franceses

En los primeros años del México independiente vinieron también extranjeros motivados por cuestiones políticas, como el estadounidense Joel R. Poinsett, quien observó cuidadosamente el territorio nacional, describiendo incluso las bellezas naturales del mismo, pero mostrando siempre especial interés por asuntos relacionados con los territorios que años más tarde se anexarían a su país.
Otro extranjero que vino a México con fines de conquista fue el francés Ernest Vigneaux, quien en 1854 participó en la expedición del conde de Raousset et- Boulbon que pretendía apoderarse de Sonora y declararla territorio independiente.

Beltrami y Ampere, entre los turistas declarados

Finalmente, hubo viajeros que reiteraron abiertamente su condición de turistas como el italiano Giacomo Constantino Beltrami, quien visitó México en 1822 “por el puro interés de conocer países extranjeros aún no pervertidos por la civilización”.
A este mismo grupo pertenece el historiador Jean Jaques Antoine Ampere, del Colegio de Francia, quien en viaje de recreo visitó México en 1852, después de haber viajado con el mismo afán a Egipto.

Imagen: Litografía de Claudio Linati (1828). Gran Historia de México Ilustrada. Edit. Planeta (2002).

viernes, 24 de mayo de 2013

Lujo de locos el turismo del siglo XIX


Asaltantes de caminos.

En sus memorias sobre el viaje que hizo a México en 1824, el italiano Giacomo Constantino Beltrami afirma que en todo su recorrido por el país la mayor dificultad fue convencer a la gente de que su viaje no tenía otro objetivo que el turismo, desconocido en ese tiempo por los mexicanos. “Su manera de pensar está tan alejada de esta idea, que me hacían siempre el honor de considerarme como un loco o como un pícaro”, dice Beltrami.

Entre aduanas, alcabalas y bandidos

Además de la inseguridad provocada por las frecuentas revueltas del siglo XIX, el viajero tenía que lidiar con los malos caminos, el pésimo hospedaje y la falta de alimentos, lo mismo que con la plaga de aduanas, alcabalas y bandidos que proliferaban en el país.
El gobierno con las aduanas, las provincias internas con sus alcabalas y los ladrones con sus asaltos parecían ponerse de acuerdo para esquilmar al viajero, como si el robo fuera un derecho de peaje.

Bandidos al acecho y con protección oficial

Todo desfiladero o recodo del camino, cualquier sitio sombreado, podía ser refugio de ladrones.
En la carretera más transitada, la de México-Veracruz, las gavillas trabajaban en perfecta organización y bien pertrechadas. Con frecuencia actuaban bajo la protección de policías y funcionarios corruptos.
En muchos estados, como San Luis Potosí, los rufianes robaban a los viajeros desprevenidos y poco armados. La falta de comunicaciones facilitaba su evasión y la ausencia de una policía organizada aseguraba su impunidad.

Pobre de aquél que no llevara dinero

Las víctimas de asaltos advertían sobre la necesidad de salir al camino por lo menos con 50 pesos para no verse con las manos vacías cuando se toparan con ladrones, ya que en tal caso éstos se enojarían mucho y como consecuencia el viajero podría recibir malos tratos e incluso perder la vida.
Tal práctica era tan común que en una ocasión se vio anunciado en las calles de la Ciudad de México lo siguiente: “El General de Bandas ha recibido la información de que los viajeros se dispensan de llevar una suma razonable cuando viajan, por lo que se les previene a aquellos que no lleven en su poder por lo menos doce pesos, que serán apaleados”.

Fuente: Margo Glantz. Viajes en México. Secretaría de Obras Públicas (1972).
Imagen: Óleo sobre tela anónimo (MNV-INAH). Gran Historia de México Ilustrada (2002.
Para mayor información sobre el tema, recomiendo al apreciado lector el siguiente artículo publicado en este mismo blog: http://arrierosdemexico.blogspot.mx/2013/05/los-heroes-del-camino.html
También se refiere al tema la siguiente entrada:  http://arrierosdemexico.blogspot.mx/2013/04/los-viejos-caminos-reales.html

miércoles, 24 de abril de 2013

Vehículos terrestres del siglo XIX


La litera. Agradable forma de viajar.

   El transporte habitual en México se realizó desde el siglo XVI en caravanas de mulas guiadas por arrieros, pero con el tiempo, de acuerdo a las necesidades de los viajeros, se desarrollaron otros medios, como fueron: la diligencia, la litera, el carricoche, la calesa, la volanta y la carreta, hasta llegar, en el siglo XIX, al ferrocarril y al automóvil.
   Clásica es la figura pesada de la diligencia, vehículo tosco, fuerte y seguro, con cupo para seis y hasta ocho pasajeros. El equipaje se acomodaba atrás del carruaje, tirado por diez mulas y gobernado por cocheros y mozos montados a caballo. Por caminos generalmente accidentados, este carruaje corría a la fantástica velocidad de ¡ocho kilómetros  por hora!
   Hacia 1805 ya había servicio de línea de diligencias entre la Ciudad de México y Puebla.

La litera, agradable forma de viajar

   Otro vehículo era la litera, cajón de dos metros de largo por uno de ancho, con tres varillas perpendiculares en cada lado que servían de sostén para un techo y cortinas de tela y algodón. Este cajón se llevaba por medio de varas largas sostenidas por cuatro cargadores, o bien, por correas de cuero suspendidas en las albardas de las mulas. Tan curioso vehículo llevaba un colchón extendido en el fondo, para que el viajero se recostara cómodamente y pudiera dormir o leer a su gusto; agradable forma de viajar, a menos de que las mulas se espantaran y se desbocaran o de que los cargadores condujeran ebrios, como sucedió más de alguna vez.

Carricoche, calesa, volanta y carretas

   El carricoche, variante de la litera, era un vagón ancho montado sobre dos ruedas, cubierto con una lona para protegerse del sol y con un colchón para que dos personas se extendieran cómodamente. Cabían cuatro pasajeros en el mismo vagón, si iban sentados.
   Otro tipo de carruaje que iba seguido por una carreta donde se acomodaban los equipajes, era la calesa, así como la volanta, coche parecido al cabriolet francés, vehículo pequeño tirado por tres mulas y conducido por un postillón.
   Con frecuencia se utilizó, además, el convoy de carretas, dirigidas por arrieros, donde se instalaba el equipaje de los viajeros montados a caballo.

El voluminoso equipaje de los viajeros

   Cabe anotar que el equipaje de los pasajeros de aquel tiempo era por lo común muy voluminoso, porque no sólo tenían que llevar la ropa necesaria para cualquier tipo de viaje, sino también la que resistían los distintos climas que atravesaban; además, debían cargar con los enseres necesarios para dormir en las posadas y también con suficientes provisiones para comer durante largas jornadas.
   Estos medios de transporte, con todo el sistema de la arriería, empezaron a desaparecer en las diversas regiones del país a medida que aumentaban la red ferroviaria y las carreteras pavimentadas.

Llegada del ferrocarril y del automóvil a México

   El primer tren entró en servicio en un tramo de 11 kilómetros, entre Veracruz y El Molino, el 16 de septiembre de 1850. Para 1869 ya había comunicación ferroviaria entre México y Puebla, y para 1873, hasta Veracruz.
   Fue hasta 1895 cuando rodó en la Ciudad de México el primer automóvil. Su propietario, don Fernando de Teresa, lo condujo una noche, ante el asombro general, ¡a 16 kilómetros por hora!, el doble del promedio de velocidad de una diligencia.

   Fuente: Margo Glantz. Viajes en México.  Secretaría de Obras Públicas (1972).
   Imagen: Brantz Mayer. Mexico as it was and as it is (1844).

viernes, 19 de abril de 2013

Los viejos caminos reales


Un arriero orienta a un grupo de viajeros.

   A partir del siglo XVI empezó en la Nueva España la apertura de caminos reales para satisfacer las necesidades del comercio. Estos caminos siguieron muchas veces las rutas trazadas por los antiguos mercaderes indígenas que abastecían a los principales centros de población, como lo fue la gran Tenochtitlan, cabecera del Imperio Azteca.
   De esta manera, durante la Colonia cobraron importancia los caminos México-Puebla-Jalapa-Veracruz, para el comercio con Europa; México-Cuernavaca-Acapulco, para el comercio con Filipinas; México-Querétaro-Guanajuato-Guadalajara, para el  Occidente del país; México-Aguascalientes-Zacatecas-Durango-Chihuahua, hacia el Norte; México-Toluca-Morelia, Guadalajara-Tepic-San Blas y Guadalajara-Colima, en el Occidente; Tampico-Tula-San Luis Potosí-Aguascalientes, entre la Costa del Golfo y el Altiplano, así como Puebla-Tehuacán-Oaxaca y Veracruz-Alvarado-Coatzacoalcos-Campeche y Mérida, para el Sureste, entre otros.

Pésimo estado de los caminos

   Todos estos caminos, incluso los más transitados, como el de México-Veracruz, se mantuvieron durante los tres siglos de la Colonia, y mucho después, en muy mal estado; cualquier camino vecinal de Inglaterra, decía un viajero del siglo XIX, sería mejor que el de Veracruz. Es más: la primera carretera pavimentada del país, que es la de México-Nuevo Laredo, inaugurada en 1925, no tiene 100 años en servicio.
   Los  viejos caminos reales, por donde traficaban miles de arrieros con sus recuas, permitían el paso de carruajes; su anchura era por lo general la de un carruaje; muchas veces los viajeros tenían que descender de sus vehículos para que estos pudieran avanzar a través de las montañas por caminos vertiginosos y escarpados. Obvio es señalar que los viajes largos entre una región y otra del país, que hoy se realizan en unas cuantas horas, entonces duraban semanas y meses.

Por senderos de lobos, entre bandidos y sin mapa

   La red de caminos reales se ampliaba a través de numerosos caminos vecinales, que no eran más que senderos por los que apenas podía desplazarse un hombre montado a caballo, o un arriero que seguía a su mula: “Tristes senderos abiertos en la espesura”, “caminos intransitables, espinosos, que conducen al Paraíso”, “caminos de lobos”, se quejaban los primeros turistas del siglo XIX.
   Los caminos del Norte y los del Sureste, al cortarse abruptamente por los ríos, era necesario atravesarlos hundiéndose con la cabalgadura hasta el cuello, utilizar un ferry, o rodear grandes extensiones para evitarlos. En las selvas, las barcazas y las canoas cumplían esta función.

El arriero, indispensable como guía

   Tanto los caminos reales como los vecinales estuvieron muchas veces infestados de bandidos, que asaltaban, robaban y mataban a no pocos de los que se aventuraban a transitarlos, principalmente después de alcanzada la Independencia nacional, en 1821, hasta principios del gobierno del general Porfirio Díaz, a fines del siglo XIX, quien ejerció mano dura contra el bandolerismo.
   Y para colmo de males,con frecuencia los viajeros se extraviaban en estos caminos, por falta de mapas. Así las cosas, fue muy común en aquel tiempo contratar los servicios de guías, que no eran otros que los arrieros, conocedores como nadie de sus respectivas rutas.

   Fuente: Viajes en México. Secretaría de Obras Públicas (1972).
   Imagen: Imágenes históricas de Guadalajara en Facebook.

viernes, 1 de marzo de 2013

Así viajaban los ricos hacendados



   Los Bandidos de Río Frío (1888-1891), novela de Manuel Payno que describe magistralmente costumbres y personajes populares de la primera mitad del siglo XIX en México, ilustra la forma en que viajaban los ricos hacendados de la época tanto en sus recorridos entre la capital mexicana y sus haciendas como entre éstas y sus ranchos.
   En viajes largos, por lo general se transportaban en el llamado avío, consistente en un pesado coche de forma esférica, revestido de su camisa blanca de lona, tres tiros de mulas para la remuda, un chinchorro de mulas de lazo y reata para los equipajes y quince o veinte mozos armados de machetes y tercerolas, vestidos de gamuza amarilla y en buenos caballos.
   Llegados a su destino, los ricos propietarios, pertenecientes muchos de ellos a la nobleza mexicana, que por fuerza de costumbre sobrevivió algún tiempo a la Independencia, caminaban de una a otra de sus haciendas y ranchos en carruajes menos vistosos, pero bien pintados y lustrados.

Viaje de lujo a la Hacienda del Sauz

   Sin embargo, cuando querían impresionar a alguien, los poderosos terratenientes viajaban con derroche de lujo. Éste fue el caso del marqués de Valle Alegre cuando pretendía casarse con Mariana, hija del conde don Diego, propietario de la Hacienda del Sauz.
   En esa ocasión el marqués llegó a la hacienda de su pariente, escoltado por 25 soldados, a bordo de su coche, una gran máquina esférica de color azul de cielo, con sus armas en las portezuelas sostenidas por dos gruesas varas doradas, dos enormes ruedas traseras y dos pequeñísimas delanteras.
   Tiraban de este pesadísimo carruaje, que parecía sacado de algunas caballerizas reales, ocho mulas prietas, dos de tronco, cuatro de centro y dos de guía, gobernadas por dos cocheros vestidos de rancheros pero de paño grueso oscuro. En ese coche había hecho el marqués el camino, y aún algunas noches había dormido dentro de él, prefiriéndolo a las malas posadas de los ranchos.
   Al carro del distinguido galán seguía el de las criadas, por el mismo estilo, pero de menos lujo, y uncidas a éste había ocho mulas bayas, que en brío y carnes no eran inferiores a las prietas.
   De remuda había ocho mulas retintas, pero lo más selecto, lo más valioso, era un tiro de mulas blancas, añadidas al avío, que estaban al cuidado de seis u ocho mozos bien montados y con sus reatas en los tientos.
   La retaguardia se formaba por un chinchorro de diez mulas, con sus respectivos arrieros, sus aparejos nuevos, adornados con madroños de lana de colores, y en las atarrias (albardas) un letrero de paño blanco sobre fondo rojo, que decía: Sirvo a mi amo el marqués, y así daba vuelta engastando vistosamente las ancas redondas de las mulas.

   Adviértase que, lejos aún del automóvil, aquellos hacendados no la pasaban mal…

Imagen: Coche de colleras. Litografía de Claudio Linati. 1828.

Fuente: Manuel Payno. Los Bandidos de Río Frío (1888-1891).

viernes, 4 de enero de 2013

Lo que aconteció a un aventurero andaluz

Mapa de la Nueva España. Anónimo del siglo XVII.

En El hombre de la situación (1861), Manuel Payno habla de un joven andaluz llamado Fulgencio García, que como otros muchos aventureros de tiempos de la Colonia, vino a la Nueva España con el afán de hacer fortuna de la noche a la mañana, pues le habían dicho que aquí abundaba el oro como en España las piedras. Con esta feliz idea arribó al Puerto de Veracruz y se encaminó, según él, a la Ciudad de México, pero habiendo emprendido el viaje solo y a pie, se extravió y pidió ayuda a unos arrieros que transportaban aguardiente.
Desde el primer momento, Fulgencio empezó a fanfarronear, ostentándose como descendiente directo del emperador Julio César y amigo del virrey. El mayordomo de los arrieros, llamado Marcelo, se echó a reír y mandó traer una mula que venía sin carga para montar a Fulgencio. En el camino los arrieros se divertían escuchando las historias del andaluz, que no cesaba de presumir su valor y nobleza.
Cerca de Puebla, Fulgencio le dijo a Marcelo que ya era hora de arreglar cuentas. Marcelo creyó que el muchacho quería pagarle el flete de la mula en que había caminado y la comida de que había participado, pero como jamás fue su intención cobrarle nada, le volteó la espalda con desenfado: “¿Qué cuentas hemos de arreglar, Fulgencio? No es nada, pues estamos acostumbrados a esto los que hacemos viajes de México a Veracruz”.
-¡Cómo! Explíquese bien, tío Marcelo. ¿Con que se acostumbra en la India no pagá el trabajo? Diga, diga, sin andarse con delicadeza, ¿cuánto reale me debe?
Marcelo volvió la cara lleno de asombro: ¿Cómo?, ¿qué dices, Fulgencio?, le preguntó.
-Lo dicho, tío Marcelo: ¿cuánto reale me ha de pagá?...
-¿Yo pagarte?, interrumpió Marcelo.
-¡Clarito! ¿Pue cuánto vengo yo ganando por venir enroquetao en el mulo?
-¡Tuno  bribón!, dijo Marcelo. Mira, no te doy de palos porque sé que eres andaluz y, como todos ellos, desagradecido y papalón. Pero ahora mismo te marchas de aquí. ¡Largo, largo antes que yo haga una de las mías!
Fulgencio vio tan enojado y decidido al arriero, que cargó su maleta y echó a andar por el camino real. -¡Canalla de indio y de negro! Con toíta razón son eclavo –dijo en cuanto se alejó un poco […] Depué que le he hecho el favor de caminar en su mula, no me ha querido pagá y me ha robao el indino.
En Tlaxcala, Fulgencio se quejó de que lo habían robado unos arrieros, pero el alcalde respondió: “¡Imposible! ¡Si es la gente más honrada de todo el reino! Conducen dinero, alhajas y toda clase de efectos muy valiosos y en cuarenta años que hace que resido en el país, no he oído decir que los arrieros se hayan robado una sola hebra de seda.
Fulgencio insistió en que había trabajado y que no le habían pagado.
-¿En qué has trabajado?, le preguntó el alcalde.
-En venir encima del mulo, respondió el andaluz.
El alcalde rió de buena gana ante semejante ocurrencia, y sólo por compasión no lo metió a la cárcel ni lo mandó azotar por calumniador y embustero.

Este es un cuento, claro está, pero no deja de ser significativo que desde la época colonial se destaque ya la generosidad de los arrieros y su calidad como la gente de mayor confianza y seguridad en México.
Fuera de cuentos, si el apreciable lector desea mayor información sobre la arriería en la Nueva España le recomiendo el siguiente artículo:
http://suite101.net/article/auge-y-ocaso-de-la-arrieria-en-mexico-a40469#axzz2Gz0JrBjO

viernes, 28 de diciembre de 2012

Dios mío, apiádate de la mula


(Wikifaunia.com)

Please, God, take care of the mule es el título original de una breve crónica escrita por la estadounidense Lini Moerkerk de Vries sobre sus andanzas en el Alto Papaloapan a mediados del siglo pasado, donde a falta de caminos para automóviles, tuvo que realizar peligrosas travesías montada en una mula, bajo la guía de arrieros.
Hija de padres holandeses, Lini Moerkerk nació en Nueva Jersey, Estados Unidos, hacia la segunda década del siglo XX, y habiéndose graduado en Salud Pública en la Universidad de Columbia, ejerció su profesión en México a partir de 1949.
Su trabajo estuvo vinculado a la construcción de la Presa de Temascal y al reacomodo de los indígenas mazatecos cuyas poblaciones fueron cubiertas por el agua. Como organizadora de campañas de salubridad, le correspondió capacitar a promotores de salud en áreas de muy difícil acceso incluso a lomo de mula, que es el animal más apropiado para estos caminos.
Mi mula –dice la señora De Vries- tenía una personalidad particularmente terca; siempre era la última en la fila. No me prestaba ninguna atención cuando le pedía que se apresurara, para alcanzar a los demás. Cuando llegaba a donde había hierba que le apetecía, volteaba a mirarme con ojos brillantes, y se paraba a comer. Yo sólo podía sentarme a esperar hasta que estuviera lista para avanzar de nuevo. Más tarde aprendí a confiar en ella. Cuando íbamos por las curvas de un estrecho camino de no más de dos pies de ancho, con escarpados riscos hacia arriba y una caída de miles de pies hacia abajo, la mula avanzaba con precaución atemorizante, mientras yo me detenía de la pared del desfiladero para el caso de que ella resbalara. Una y otra vez, me escuché decir por debajo de mi aliento: - Dios mío, por favor, apiádate de la mula.
En tan apuradas circunstancias, ¿qué más se puede pedir?

viernes, 9 de noviembre de 2012

Cómo cruzaban los arrieros el Río San Jerónimo


En Un viaje en mula entre Acapulco y México vimos las dificultades con las que Madame Callegari cruzó el caudaloso Río Balsas en 1854.  Ahora nos enteraremos de la curiosa forma que tenían los arrieros para pasar con sus mercancías los grandes ríos, concretamente el de San Jerónimo, según informa Salvador Castelló Carreras, español de Cataluña, en su Diario de Viaje por el Río Balsas y la Costa Grande de Guerrero. 1910.
Este viajero participó entre los meses de septiembre y octubre en la expedición canadiense encabezada por el coronel Andrews D. Davidson, que navegó el Río Balsas desde el pueblo del mismo nombre hasta su desembocadura en el Océano Pacífico -casi 500 kilómetros-, para continuar a caballo por la Costa Grande hasta el Puerto de Acapulco: otros 340 kilómetros. Durante la cabalgata emplearon a diez arrieros con 10 caballos y 30 mulas.
Los objetivos de la expedición eran dos: apreciar la riqueza agropecuaria, forestal y minera de Guerrero, con perspectivas de explotación y colonización, y señalar el trazado general de una vía férrea que, arrancando de Balsas, recorriera la cuenca de este río y siguiera hasta Acapulco, de donde continuaría a Chilpancingo y a Iguala. Tales proyectos quedaron truncos al desatarse en ese mismo año la Revolución Mexicana.
En el Río San Jerónimo los viajeros observaron con gran interés la forma cómo lo cruzaban los arrieros:
Cuando llegamos al vado numerosos arrieros esperaban turno y sucesivamente ocupaban sitio en las piraguas, donde se cargaba también la mercancía que conducían. Al marchar aquéllas, arreábanse tras ellas las caballerías que a nado pasaban el río conduciendo la embarcación al otro lado. Por lo original, el procedimiento nos interesó en gran manera, dice este escritor, quien por cierto era tío de doña Carmelita Romero Rubio, esposa del presidente Porfirio Díaz.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Un viaje en mula entre Acapulco y México


El famoso novelista y dramaturgo francés Alejandro Dumas (1802-1870)  y Madame Callegari (alias Marie Giovanni) escribieron el Diario de Marie Giovanni que habla del viaje a México realizado por Madame Callegari  en 1854, mismo que incluye su recorrido de dos semanas a lomo de mula entre el Puerto de Acapulco y la Ciudad de México, una travesía difícil debido a la abrupta geografía y además porque en aquellos días la región se levantó en armas contra el gobierno de Antonio López de Santa Anna.
Entre los preparativos de esta expedición, Callegari, quien la comandaba, contrató a un arriero, obtuvo salvoconductos y se abasteció de las provisiones necesarias, entre otras, álcali contra los encuentros venenosos, aguardiente y hamacas, ya que no se podía contar con un solo albergue a lo largo de la ruta.
Aparte de que durante su cabalgata fue interceptada por las tropas de Diego Álvarez (hijo del destacado insurgente don Juan Álvarez), quien la retuvo un par de días, el grupo cruzó con grandes dificultades y peligros el caudaloso Río Balsas:
Apenas se les indicó el vado, nuestros dos húngaros [miembros de la expedición] ya estaban en el agua, buscándolo; reconocieron que perdían pie, durante unos diez pasos, en el sitio más rápido de las aguas. A gritos pidieron a los indios, excelentes nadadores, que nadaran a cada lado de las mulas, sosteniendo, en caso de necesidad, la cabeza del animal fuera del agua. En caso de accidente, ellos, desde el sitio en que volvía a tocarse el fondo, se preparaban a acudir en mi auxilio.
Yo me tendí de bruces en mi mula y, temblando interiormente pero sin manifestar ninguna vacilación, di la señal, diciendo -¡Vamos! […] Me metí en el agua.
Durante un tiempo, mi mula caminó; pero de pronto noté en sus movimientos inquietos que el pobre animal comprendía que iba a perder pie. Muy pronto, en efecto, tuvo que ponerse a nadar.
Los dos indios, como les habían pedido nuestros húngaros, nadaban a los dos lados de la mula, dirigiéndola, hasta donde podían, y manteniéndole la cabeza fuera del agua. En cuanto a mí, iba aferrada a su cuello.
La rapidez de la corriente me causaba vértigos, oía salpicar el agua a los flancos de la mula, y me parecía que la vorágine me atraía. Oí entonces la voz de mis húngaros, que me gritaban: ¡No mire el agua, mire la montaña!
Comprendí que a mí me dirigían la recomendación; levanté la cabeza y fijé la mirada en las montañas. El vértigo desapareció. Llegué a la otra ribera, y me dejé llevar por los brazos que me tendían; luego hundí la mano en el bolsillo, y di una piastra a cada indio que había nadado cerca de mi mula. Las buenas gentes no podían creer que semejante recompensa fuera para ellos, cayeron de rodillas, dándome las gracias.
Para mayor información sobre arrieros y mulas en México, recomiendo al lector el siguiente artículo:


viernes, 28 de septiembre de 2012

Caminos de la plata


Pasan los siglos y México sigue haciendo honor a su larga tradición argentífera. Hoy se mantiene como primer productor mundial de plata, con 4.500 toneladas anuales, solo que el preciado metal ya no se usa tan indiscriminadamente como en el pasado, cuando llegó a utilizarse hasta en bacines; y no se fabricaron con él barrotes de ventanas, por temor de las autoridades (ni siquiera de los dueños) a que los ladrones se los llevaran.
En su libro “Los Almada y Álamos. 1783-1867”, el escritor norteamericano Albert Stagg habla del lujo argentífero que solían tener en el siglo antepasado las familias prominentes de Álamos, Sonora, http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81lamos_(Sonora), particularmente los Almada, que llegaron a ese rico mineral en 1783, provenientes de España, para convertirse en una de las familias mineras más poderosas del Estado.
Stagg reproduce en su libro una carta de la señora Karam, de Arizona, quien anota reminiscencias de su abuela Isabel Almada, nacida en 1833:
“Las barras de plata eran traídas de las minas en los lomos de mulas y almacenadas en un enorme cuarto de la casa grande. Allí eran amontonadas hilera tras hilera… en las comidas toda la familia se sentaba a una larga mesa y toda la vajilla era de plata, hasta las tazas y platillos y vasos para beber. A medida que pasaban los años, con el uso, los platos estaban todos abollados, y mi abuela y su hermana los odiaban. Anhelaban tener platos de loza o por lo menos vasos para tomar como tenían las otras familias, pero su padre no escucharía nada al respecto. Cuando a un sirviente se le caía un plato exclamaba: “Dos reales a la bolsa.” Pues si hubiera sido de loza, se hubiera quebrado. Un día mi abuela de algún modo se hizo de un pequeño vaso y lo conservaba escondido en su recámara como algo precioso. Decía que las jarras y jofainas en sus recámaras también eran de plata. Todas las jarras tenían grabados sus nombres. El de ella decía : Soy de mi dueña Isabel Almada [...] Una vez su padre quiso poner barras de plata en las ventanas en lugar de las de fierro, pero las autoridades lo detuvieron porque los ladrones se las podrían llevar. En esos días no había bancos y supongo que el querido viejo tenía tanta plata que no sabía qué hacer con ella.”
Sobre las “conductas” de metal precioso de Sonora a la capital mexicana, dice el mismo autor:
“Ya con la marca de buena calidad de la oficina de ensaye en Álamos, debían ser transportadas  [las barras de plata] a la ciudad de México vía Guadalajara, por la conducta, la recua de mulas que salía para el sur dos veces al año. Una carga de mula constituía dos barras que pesaban 45 kilos cada una, atadas una a cada lado del aparejo. Hasta ochocientas mulas con sus arrieros y unos cien guardias armados estarían en camino durante varias semanas con una carga que valía más de un millón de pesos. A principios de enero y otra vez en julio la conducta hacía el viaje de quinientas leguas a la capital con toda la plata procesada en Sonora durante los seis meses anteriores. De la ciudad de México otra conducta tenía la responsabilidad de llevar la plata a Veracruz para ser embarcada a Europa...”
Muchos y muy antiguos son los caminos de la plata que transitaron los arrieros desde el Siglo XVI en México; el de Álamos es apenas uno de ellos. Sobre los primeros caminos en el Occidente del país recomiendo al lector el siguiente enlace:



viernes, 10 de agosto de 2012

Los arrieros, respetados por bandos contrarios


En tiempos de guerra los arrieros fueron generalmente respetados por bandos contrarios, ya que en su función de llevar y traer víveres, correspondencia y noticias, servían a la comunidad en general. Sin embargo, no pocos practicantes de este noble oficio pagaron con su vida y con sus bienes la audacia de salir a los caminos en tan peligrosas circunstancias.
En su obra “Mi caballo, mi perro y mi rifle”, el escritor michoacano José Rubén Romero (1890-1952) http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Rub%C3%A9n_Romero habla de un par de rebeldes, Julián y Ramiro, que en plena Revolución http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_mexicana tuvieron necesidad de regresar urgentemente a su pueblo, porque a uno de ellos, Julián, se le murió su madre. Sin embargo, la plaza estaba tomada por el Ejército federal, de suerte que era muy riesgoso acercarse siquiera al poblado.
En estas condiciones, ambos revolucionarios urdieron disfrazarse de arrieros para poder entrar al pueblo, pero como no traían burros, echaron mano de dos que pastaban tranquilamente en una huerta, aún con el riesgo de toparse en el camino con el dueño de los mismos.
En la primera esquina del poblado levantábase una trinchera de adobes del alto de una persona, y al acercarse ambos rebeldes, les dieron el quién vive. Ramiro, atolondrado, contestó: “Dos burros, con unos arrieros. Digo mal, dos arrieros con unos burros”.
Guardaban la trinchera dos o tres soldados que, al verlos, los dejaron pasar sin más requisito. “Adelante”, dijeron.
“Luego de andar dos cuadras en tan buena compañía”, los rebeldes “dieron de mano a los animalitos, abandonándolos a su suerte”, y se fueron de prisa para evitar otro peligroso encuentro.
Así llegaron hasta la casa donde se velaba a la difunta.
Fuente: “Mi caballo, mi perro y mi rifle”. J. Rubén Romero (1936)




viernes, 3 de agosto de 2012

Un hogar campesino del Siglo XIX


Entre los escenarios que dibuja el escritor veracruzano Gregorio López y Fuentes en su novela “Arrieros” (1944), destaca el de un hogar campesino al que en cierta ocasión llegaron unos arrieros en busca de alimentos. Un hogar como éste fue típico del Siglo XIX en México, pero muchos perduraron así hasta ya entrado el Siglo XX. Lo describe de la siguiente manera:
“Olía a tortillas de maíz nuevo y a café aguado. Un perro nos recibió, ladrando. Fue una mujer quien desde la puerta acallaba al animal. A la luz de un ocote, junto a la lumbre, cenaban un hombre y dos muchachos. Aquél, sin levantarse, nos invitó a pasar. La mujer nos dio bancos de madera. En torno de nosotros veíamos todo lo que era la casa: una cama de carrizos, la recámara; unos tenamaxtles negros, un comal, unas ollas y un metate http://www.diccionario-web.com.ar/largo/metate.html, la cocina; los bancos, junto a la lumbre, el comedor; en un tapanco de tres metros cúbicos, la despensa; de un ángulo pendían cobijas y ropas de manta; en otro ángulo colgaban un machete y una escopeta; debajo de la cama salían quejumbres de gatos recién nacidos y por otro lado se oía a una gallina decir ternezas a los pollos que apenas estaban picando el cascarón.
“Tanto la mujer como los enseres, denotaban limpieza. Las tortillas eran de maíz negro. El chile que los muchachos sopeaban en sus platos, era de un verde tierno. El hombre cuchareó por última vez con un pedazo de tortilla en el plato que sostenía sobre las rótulas y se levantó masticando con la boca bien llena. De un guajehttp://www.100porcienmexico.es/Bule/Bule.htm de cuello alargado, bebió cara al techo”.
Este escenario alude a la forma en que vivieron hasta ya entrado el Siglo XX muchos rancheros mexicanos, que no conocieron ni imaginaron siquiera la luz eléctrica, la cocina integral, la estufa de gas, la licuadora, el refrigerador, los muebles de sala y de comedor, mucho menos el radio, la televisión, el celular, la computadora e Internet.
Ciertamente, a la fecha ha cambiado mucho el estilo de vida en el campo mexicano, pero la pregunta fundamental es la siguiente: ¿Es la gente más feliz?
Bibliografía: Gregorio López y Fuentes. “Arrieros” (1944)




viernes, 29 de junio de 2012

Tormenta en la barranca


“Un trueno de asustar, estremeció a la barranca. Siguió un silencio como de un cuarto de hora. Ya no se oía ni el río, allá abajo; ni los pájaros, como en la mañana, que casi aturdían entre los árboles; los que platicaban, y eran pocos, lo hacían en voz baja; comenzaron a jadear los animales; sus pezuñas resbalaban en las piedras: eran los únicos ruidos, en la tarde que parecía dormida o callada de miedo. No iríamos a la mitad de la barranca, cuando nos encandiló otro relámpago terrible; nos agarramos del aparejo, al tiempo de oír el trueno… ¡Santa Bárbara bendita!... Glorifica mi alma al Señor… Y ahora siguieron, cada segundo, los relámpagos y los truenos; parecía que iba a desgajarse la barranca; nunca había oído yo en mi vida semejantes descargas; las mujeres, menos mi mamá, comenzaron a gritar horrorizadas: ‘Si nos cae un rayo… Si nos cae una peña desgajada… Si no alcanzamos a pasar el arroyo y nos quedamos la noche en la barranca… Si bajan los lobos, con la oscuridad…´ A todo esto, el viento era terrible: corriendo por la barranca aullaba como dicen que aúlla el diablo, y sacudía los árboles con furia de loco o de endemoniado (…)
“Las primeras gotas fueron grandes, como de a peso fuerte, pero desbalagadas; luego se hicieron más tupidas y el viento las aventaba con coraje sobre la cara y la espalda. --¿Cuánto nos falta para llegar? –era el grito de todos, como si tuviéramos fiebre. --Ya merito –decían los arrieros, sin dejar de chupar, entre las copas de sus sombreros y el cobijo de sus chinas de palma, por donde resbalaba la tormenta. Ni dónde refugiarse. Por el lado de Ibarra no hay un solo ranchito. Lo peor fue que los animales se pararon en seco, alzando las orejas; no valieron pelitos, chicotazos, palabras duras; por nada del mundo los hicimos andar (…)
“La cosa fue bastante penosa, principalmente por el número de mujeres y la inutilidad de los señores, no acostumbrados a estas sanfrancias. Se quitó la fuerza de la tormenta; quisieron caminar, aunque despacito, los animales; tardamos más de una hora en llegar a la ceja de la barranca (…) No sé cuánto caminaríamos. Desperté con la bulla de que comenzaban a verse las luces de Guadalajara”.
Fragmentos de “Flor de Juegos Antiguos”. Agustín Yáñez (1942)

viernes, 15 de junio de 2012

Entre la ciudad y el campo


“El convaleciente, jinete en lustrosa acémila, rinde la peregrinación a su pueblo en tres jornadas; mientras más se aleja de los grandes poblados, mientras que por los caminos encuentra menos gentes, mientras más hondas las barrancas, los ríos más anchos, las cuestas más salvajes, mejor se exalta la alegría de vivir y respirar a todo pulmón.
“La primera noche durmió como un patriarca en el zaguán de la posada llena de arrierías, entre maldiciones y toses; el mozo lo despertó al lucero del alba; ni siquiera las mujeres se habían levantado a moler; se ensilló al resplandor de un mechón de ocote; sonaba un arroyo; la noche alta rumoraba; y esto fue bajar la barranca que desde la tarde anterior desenvolvía sus cuestas ante el viajero. Esclareció, brillaron las nubes, salió el sol; en las cumbres fronteras iban levantándose columnas de humo hacia el cielo; tiritaba de frío de amanecer, el caminante; abrazaba el camino rocas y laderas, se quebraba en zetas, hundíase en torrenteras, pero no descubría ni su fin, ni el calor de un jacal, ni el arrimo de una ordeña. Ya el sol fuerte, los peregrinos llegaron a un caserío y hubieron huevos, frijoles, chile y tortillas; ¡qué gran almuerzo! ¡qué auténtica gloria de vivir y ser flor de la naturaleza! ¡qué sentido de amor a estos barranqueños, a sus canes ladradores, a su huerto y cuamiles, a la montaña, a las águilas, a los cielos, al río minúsculo que se adivina en el fondo, a cientos de metros! Fraternidad y pavor. Grandeza y miseria. Plenitud vital que es amor y asombro”.
Fragmento de “Pasión y convalecencia”. Agustín Yáñez (1938).

viernes, 8 de junio de 2012

Los preparativos del viaje


“Esa noche, de plano –por lo menos yo- no pudimos dormir, con el sobresalto de no despertar a tiempo, de andar con prisas o de que algo a última hora se nos olvidara; pero principalmente por el enjambre de soñadas peripecias; creo que mi madre no reposó un momento: la oí toda la noche andar de un lado a otro, abriendo y cerrando cajones, preparando en la cocina el bastimento, llenando maletas, empacando utensilios: las luces prendidas toda la noche. Mucho antes de la hora fijada estábamos en pie, sin necesidad de que nos despertaran; tan temprano era, que mi madre instó a que nos acostáramos de vuelta; más ya estábamos vestidos y despabilados; tarde se nos hacía que llegara el arriero; salimos a la calle para esperarlo; qué raro sonaban en la acera vacía nuestras ruidosas voces; desesperados por la tardanza volvimos a entrar, volvimos a salir; teníamos puestos ya los sombreros de palma propios para el sol; mi madre nos llamó locos y reclamó que tuviéramos juicio, que no comiéramos ansias; debíamos abrigarnos contra el aire de la madrugada; la contestación fue que no sentíamos frío; las reprimendas eran en especial para mí por ser el más alborotador y cabecilla de impaciencias; el silencio del barrio dejaba oir con claridad las horas –qué lentas corrían- del reloj de catedral; acababan de sonar las cuatro, cuando percibimos el trote del atajo, que al fin desembocó en la esquina; la revolución de la casa se multiplicó en gritos, carreras, recomendaciones, preguntas; quiso aún mi madre que tomáramos una taza de canela caliente y alguna pieza de pan, para no salir con aislamiento de estómago; entre velas que apagaba el viento y entre sombras, con increíble destreza, el arriero dejó bien afianzado el montón de maletas y demás avíos, nos distribuyó los burros y nos acomodó sobre los aparejos, cortó discusiones y ordenó la marcha”.
Fragmento de “Gota Serena”. Agustín Yáñez (1949-1963)

viernes, 1 de junio de 2012

El viaje de Yáñez a Totatiche


En su infancia, a los once años de edad, el escritor jalisciense Agustín Yáñez (1904-1980) hizo un viaje con unos parientes al pueblo de Totatiche, a 180 kilómetros de Guadalajara, rumbo al Norte. Esta ruta se encuentra hoy totalmente pavimentada, puede transitarse en tres horas, pero en aquel tiempo y hasta mediados del siglo pasado, era en su mayor parte un camino de herradura; no había otra alternativa que recorrerla a lomo de bestia en cuatro jornadas, bajo la reconocida autoridad de los arrieros. Así lo hizo Yáñez en 1915, en plena Revolución y al parecer convaleciente.
En ese viaje se inspiró este ilustre literato para su obra “Pasión y convalecencia” (1938), en donde luego de describir el descenso de la Barranca de Huentitán, el cruce del Río Santiago, en balsas, y el fragor de una tormenta que encontraron en el camino, a la que sin embargo “reverenciaban, tercas en su inmovilidad, las acémilas, echadas adelante las orejas en devota, paciente actitud”, habla de la vuelta del sol y la opulencia del crepúsculo:
“Había luz cuando los viandantes alcanzaron la ceja de la barranca; llegaron temprano al pueblo de Teules; al arrimo del fogón, en la cocina de una fonda, acabaron de secarse las aguas de bautismo rural; convidaba Maritornes su lecho, pero el ávido convaleciente prefirió adelantarse que descansar. Bajo la noche con estrellas prosiguió la ruta. Serían las diez, las once o las doce cuando desensillaron los viajeros y se echaron a dormir sobre el campo raso. Los despertó el sol. Almorzaron en Atolinga –pueblo de sierra- y para mediodía fueron surgiendo los perfiles familiares de Comanja, y más allá, diluyendo su azul en el del cielo, las crestas del Bramador, apenas perceptible a la mística avidez con que llegaba el pródigo; el camino giraba sus curvas, mas parecía que los montes daban la vuelta por ir mostrando sus máscaras amigas; irguiéndose sucesivamente el peñón del Monje sobre la arista occidental del cerro de la Tapona, las lejanas almenas de Picachos y la gran corona de jade y bermellón con que el cerro del Petacal ciñe la frente del pueblo; apareció a su tiempo la loma de San Miguel que tiene a cuestas la Cruz de la Misión, aya de la comarca; el aire de la casa se adelantó con tibiezas y olores; habló, de lejos, como en el juego de las escondidas, la campana parroquial; reconocieron las acémilas su querencia; trotaron, alcanzaron el río, bailaron sobre sus aguas y saciaron la sed con moroso entusiasmo; venían saltando y balando los corderos del tío don Pedro; sonó otra vez, más clara e inmediata, la voz de la campana mayor; acabó por rodearse la loma de San Miguel y –cabe la ermita del Ánima Sola, entre los dos ancianos cipreses –vuelos del corazón saludaron el panorama de la aldea, intacta como la mañana en que comenzó a esperar al ilusionado conquistador de ciudades. Tendíanse al encuentro, como brazos, las bardas de la calle real. Sonaban sobre el empedrado, como ritmo de un himno, las herraduras de la recua. Había olor de golosinas, fragor de menestrales, hosanas rústicas y, a la media calle, frente a la casa paterna, los lazos que estrechan al recién vuelto del reino de la Muerte”.
Fuente: “Pasión y convalecencia”. Agustin Yáñez (1938)

viernes, 25 de mayo de 2012

El peligroso paso de la Barranca


 “Director con perfiles de dictador, al mismo tiempo que juglar y siervo, el arriero era el protagonista de la travesía. Los mesones de El Nevado, El Porvenir y Las Palomas, en Guadalajara, junto al Mercado Alcalde, que la gente se obstina en llamar la Plaza de Toros, o el mesón de El Progreso, junto a Santa María de Gracia, eran sus centros de operaciones: allí se le buscaba para el ajuste del flete, para discutir la urgencia del viaje cuando alegaba tener compromisos de transportar mercancía, para convenir la hora y punto de la partida, bien ésta fuese del mesón o aquél recogiera en sus domicilios a los pasajeros.
“Lo mejor era madrugar ese día, para que no agarrara la fuerza del sol a los caminantes en la barranca. Y esto era andar montados en burro por las mismas calles de la ciudad, pasar frente al Hospital de Belén, salir por el barrio del Retiro a la garita, tocar el Agua Delgada, llegar a Huentitán, a la Ceja de la Barranca y comenzar el trabajoso, largo descenso. Si se había salido tarde, la caravana comía en el Plan de Río, tras de cruzar el Santiago, antes, dificultosamente, sobre balsas; después, sobre el Puente de Arcediano. Lo habitual era sestear a media cuesta, en el paraje de San Marcelo, donde soplan agradables vientos, hay fondas y sitios de descanso; bien del otro lado de la barranca, en Mascuala, o de una buena vez en el parador de La Higuera, meta de la jornada.
“Toda ella difícil, el peor paso de la barranca, nombrado la Peña Prieta, se halla entre las huertas del Río y San Marcelo; el camino se angosta sobre precipicios, hasta sólo permitir el tránsito de una cabalgadura, no más; allí los mismos arrieros encomendábanse a Todos los Santos e iban con el Jesús en la boca, defendiendo las pisadas de su recua, sobre los voladeros; las mujeres rezaban, y aun los hombres preferían andar el trecho a pie. Vencido el paso, podía respirarse a plenos pulmones, la algazara volvía, reanudaban sus cantos, alegres chiflidos e interjecciones los arrieros, acababa por establecerse la confianza entre todos los caminantes, rompiendo comedimientos y hurañeces de los mutuos desconocidos y de los que se habían tratado poco.
“Sí que a veces el recelo a desbarrancarse subsistía en tanto no se llegase a lo parejo, tiempo de dar gracias por haber salido del peligro. Comenzaban a trotar las bestias. En dos por tres –con el sol bien alto- se alcanzaba La Higuera, se disponía de la tarde y de la noche para reposar, desentumeciendo las piernas, oyendo el murmullo del arroyo, cortando yerbecillas y flores rústicas, mirando las luces del crepúsculo, charlando en torno a la mesa del parador, trocando el cansancio por las incomodidades, que bien duras eran: los cuartos del mesón con camas de tablas y petates, el imperio de las alimañas, el entrar libre del aire, las toses y las conversaciones desveladas, los relinchos, rebuznos, ladridos, el temprano rumiar de las acémilas y, al alba, el trajín de los arrieros que disponían la marcha, entre sombras”.
Fragmento de “Yahualica”. Agustín Yáñez (1946).

viernes, 18 de mayo de 2012

La clientela de arrierías


“El calmoso paso de los burros; la servicial paciencia y el ingenio decidor, cantador, de los arrieros; los largos intervalos propicios al descanso, tenían ciertamente formas de satisfacción, que compensaban la tardanza y concertaban con el estilo lento de la comodidad lugareña, desbordada en caminos y mesones.
“La dotación corriente para el viaje se componía de maletas –hechas con lona o manta-, en estilo de camisas, donde se acomodaba la ropa, los encargos y regalitos; cobijas dispuestas a ser usadas en la travesía, como súbito abrigo contra las tormentas y rigores del tiempo, como tapetes de descanso en sesteos y paradas, y aun como lechos, en ofrecidos y no extraordinarios casos, pues era cosa bien sabida las condiciones de suciedad que privaban en las posadas, haciendo preferible dormir en el suelo, sobre los aparejos del hatajo; por esto se llevaban también almohadas y sábanas; bien medido para que abasteciera toda contingencia, en el viático no podían faltar el pan y el chocolate; subsidiariamente, queso, cecina, carnitas, huevos, longaniza y chorizos; las familias iban provistas de menaje para cocinar: una lámpara de alcohol, ollas, jarros, platos, cucharas.
“Los hombres viajaban, por lo común, sobre el aparejo, cubierto con la cobija del propio peregrino; sólo excepcionalmente podía disponerse de burros ensillados, tan excepcionalmente como de albardones para las mujeres, que de ordinario iban en camucas, compuestas con almohadas. Los niños eran acomodados en bancos invertidos, con sombras de sábanas sostenidas en varas de membrillo.
“Esta clientela de arrierías no usaba traje de montar, ni más prenda que sombreros propios para defenderse del sol y, acaso, las mujeres, paraguas o sombrillas, que acababan por estorbarles y precipitar sustos y caídas al suelo.
“La caravana formaba una familia con los vecinos y aun con los extraños que la componían, sin diferencia de clases, todos a servirse mutuamente, compartiendo bastimentos, penalidades y alegrías: verdadera escuela de solidaridad, mantenida por la virtud cardinal de la gente de Yahualica: el desinterés en servir con empeño al que lo ha menester”.
Fragmento de “Yahualica”. Agustín Yáñez (1946).

viernes, 4 de mayo de 2012

La aduana de México en el siglo XIX


Guillermo Prieto (1818-1897), poeta y político liberal, es testigo de calidad sobre la arriería mexicana en el siglo XIX, ya que en su juventud trabajó en la aduana de México, centro de actividad comercial de primer orden. En “Memorias de mis tiempos” (1853) este autor goza con describir escenarios y personajes populares de la época.
En su descripción de la aduana dice que “era naturalmente plebeya, pero plebeya como la viruela, como el cardo, como el mosquito que espanta el sueño; yo le encuentro cierta semejanza con la red y la ratonera, con la trampa y con la Inquisición. Pero la aduana podía decir como el Don Donato de Bretón: ´Tengo dinero´.
“Así es que en las prerrogativas oficiales, en las aspiraciones de altos personajes á las jefaturas en sus conexiones con el rico comercio –continúa Guillermo Prieto-, la aduana rayaba á grande eminencia y era de muchísima importancia su intervención en los negocios. El gran movimiento de mulas y carros, entrando y saliendo por las puertas de entrada y salida; los montones de tercios que se abrían y cerraban en los patios amplísimos al ruido aturdidor de cuñas y martillos; el tumulto de cargadores rodando barriles y transportándolos; los vistas con sus guías en las manos confrontando facturas, examinando efectos y disputando con amos y dependientes, y la multitud que á la oficina penetraba de indios, indias, arrieros, dependientes de tiendas y cajones, portadores de dinero, etc., todo hacía de aquellas oficinas la mansión del ruido, la estancia del trajín, la guarida de la fatiga y el remedo del tumulto, de la inundación y del incendio”.
Habla luego del edificio que alojaba a la aduana diciendo que “la grande oficina tenía á la entrada un gigantesco cancel que daba paso á un ancho salón de 40 varas de largo, con barandillas y mesas con sus papeleras á los lados, y en el fondo una imagen colosal de la Virgen de Guadalupe, á la que ardían constantemente dos ó cuatro velas.
“En la pared izquierda del salón se destacaban tres grandes puertas de los tres departamentos más importantes de la oficina: la Administración, la Contaduría y la Tesorería. Cada uno de estos departamentos tenía su fisonomía particular: lujoso y con sillones el primero, silencioso y como substraído á todo trajín el segundo, y el tercero tumultuoso, con el ruido de los pesos, los atropellos de los causantes, los contadores de dinero con sus mandiles en el mostrador y sus cargadores y criados de confianza ladinos é insolentes.
“Las mesas que decoraban el salón marcaban los distintos ramos y operaciones del despacho: “Mesa de Pases”, “Mesa del Viento”, “Mesa de Abonados”, “Mesa de efectos del país”, de “Liquidaciones”, de “Libros”, etc.
“Las mesas de Pases y del Viento eran escándalo é insurrección perpetua: á la primera acudían en tropel los viajeros, que, listos para marchar, desde las cuatro de la mañana esperaban en todo tiempo hasta las nueve á que se abriera la oficina. A la segunda los introductores que dejaban prenda en la garita y que acaso habían pernoctado en México con gravámenes inmensos porque la oficina se cerraba á las dos de la tarde. ¡Ay del infeliz que mostraba impaciencia! ¡Ay del distraído que olvidaba quitarse el sombrero reverente!...
“A la mesa del Viento se agolpaban queseros, maiceros, introductores de piedras, vigas, ganados, etc.; la tarifa era voluminosa, las cuotas variadísimas, la urgencia del causante la misma, y la holgura y cachaza de los empleados la propia. Solía haber sus altercados provocativos; no faltaban rancheritas de dentadura blanca, pecho saliente que humanizaran á los canes del fisco; pero tratándose del tesorero, era forzoso esquilmar y exprimir al contribuyente so pena de las anatemas de la superioridad, manía que aún subsiste”.
Acerca del burocratismo imperante en esas oficinas, Guillermo Prieto afirma: “Una borrada ligera, un rasgo de pluma acusado de sospechoso, una entrerrenglonadura, eran pretexto de una demora, ó un proceso, ó motivo de ruina para un infeliz. Invento de maldición y tortura puede llamarse á la alcabala; pero los que se interioricen en sus trámites, los que puedan valuar sus extorsiones, su ineficacia, sus delatores y verdugos, tienen que contarla como una de las mayores calamidades del pueblo”.
(Gracias a Carmen Libertad Vera, la “Diablina Monina”, por enviarme el texto de “Memorias de mis tiempos”, de Guillermo Prieto).