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viernes, 26 de julio de 2013

Sebastián de Aparicio, primer carretero de América

Sebastián de Aparicio en un grabado del siglo XVIII.

   Fray Sebastián de Aparicio, pionero de la arriería en México, primer carretero y primer constructor de carretas y de caminos carreteros en América, nació en humilde cuna de Gudiña, Galicia, España, el 20 de enero de 1502. Al cumplir 20 años dejó el oficio de labrador, que era el de sus padres, y salió a buscar fortuna. Fue a Salamanca, en donde se empleó como arriero. Después pasó a San Lúcar de Barrameda, en Andalucía, y a Guadalcanal, donde trabajó como mayordomo y administrador.
   Atraído por las noticias de riqueza y bienestar provenientes de Nueva España, el joven Aparicio decidió trasladarse a América, lo cual hizo en un barco lleno de aventureros que se burlaban de él por su buena índole y disposición para el trabajo, pero que al final del viaje, al llegar a Veracruz, llegaron a admirarlo.

En 1536 construyó la primera carreta de América

   Al cumplir 30 años de edad fue a radicarse a Puebla de los Ángeles, donde se dedicó a la agricultura. Ahí se dio cuenta  de lo mucho que sufrían los indios tamemes al llevar a cuestas las pesadas cargas -único medio de transportación terrestre existente entonces en la Nueva España-, razón por la cual en 1536 resolvió abandonar los trabajos del campo para volver a la arriería, es decir, el mismo cambio de oficio que operó cuando tenía 20 años.
   Sin embargo, como en aquel tiempo escaseaban en el país los caballos y las mulas de carga, apoyado por Miguel Casado, antiguo soldado y carpintero de oficio, construyó la primera carreta de América, que luego unció a un par de bueyes e inició el transporte de mercancías por el camino de México a Veracruz, mismo que transitó durante seis años. Luego abrió la ruta a Zacatecas para transportar minerales. En ambos casos amplió con sus propias manos los senderos conocidos hasta convertirlos en caminos carreteros.
   En 1542, Aparicio estableció formalmente su negocio de carretas y las produjo en gran cantidad tanto para su uso particular como para otros arrieros.
   Con los ahorros de su oficio de carretero volvió a las faenas del campo y compró un rancho entre Azcapotzalco y Tlalnepantla, que convirtió en refugio de desamparados y asilo de pobres.

Vistió el hábito de franciscano el 9 de junio de 1573

   Sebastián de Aparicio se casó en dos ocasiones, aunque se dice que vivió en perfecta castidad. Al morir su segunda esposa, buscó la paz del claustro, vistiendo el  hábito franciscano el 9 de junio de 1573, pero no olvidó su oficio de carretero, y ya como hermano guiaba la carreta del convento por los caminos de Tlaxcala, recogiendo leña y limosnas para el monasterio de San Francisco de Puebla, hasta que llegó a la vejez.
   Murió el 25 de febrero de 1600, a los 98 años de edad. Su cuerpo se conserva en el convento de San Francisco de Puebla.
   Se afirma que obró milagros en vida y después de muerto, por lo cual el Papa Pío VI expidió el decreto de beatificación en 1789, cuando los caminos carreteros iniciados por él se habían multiplicado en la Nueva España. Se le considera como el santo carretero de América, patrono de los caminantes y conductores de vehículos.
Obras consultadas:
Enciclopedia de México. Director, José Rogelio Álvarez.1978.
Dádivas de México al mundo. Heriberto García Rivas. Ediciones Especiales de Excélsior, Cía. Editorial, S.C.L. México. 1965.
Imagen:  Grabado del siglo XVIII. Enciclopedia de México. 1978.
Artículo relacionado:
http://arrierosdemexico.blogspot.mx/2013/07/los-primeros-caminos-de-nueva-espana.html

viernes, 28 de junio de 2013

La maravillosa Cruz de Zacate


La Cruz de Zacate. Tepic, Nay.

   Fue un joven arriero quien, según Domingo Lázaro de Arregui, descubrió en el año 1619, en Tepic, hoy capital del Estado de Nayarit, la maravillosa Cruz de Zacate, que a la fecha, a cuatro siglos de distancia, luce tan verde, fresca y lozana como en el día de su aparición. ¿Es éste un prodigio natural o divino? Cada quien puede sacar sus conclusiones. Los hechos son los siguientes:
   Existe una tradición de que la cruz apareció en 1540, pero el primer historiador que documenta el hecho es Arregui, quien en su Descripción de la Nueva Galicia dice que fue en 1619 cuando cerca de Tepic, habitado entonces por 40 indios y 15 españoles dedicados al acarreo de sal con recuas de mulas, iba un mozo arreando unas bestias, montado en una yegua, cuando de pronto ésta se detuvo y, por más que la espoleaba, ya no quiso caminar.
   Fue entonces cuando vio en el suelo una cruz de zacate bien proporcionada, que se formaba con tierra esponjada respecto al área colindante, y recortada por vereditas de casi tres varas de largo y de más de una vara de ancho (la vara mexicana vale 0.838 metros).
   Había también diferencia entre la hierba que formaba la cruz y la del resto del campo, ya que mientras la primera era menuda, corta y espaciada, la restante era alta y espesa.
   Volvió el arriero a Tepic, y al dar razón de ello, fue mucha gente a ver la cruz, y las mujeres comenzaron a coger de esta yerba para curar enfermedades. Luego se hizo una ramadilla para decir misa y así quedó hasta hoy continuando la gente pía en aprovecharse de la piedra y yerba, y Nuestro Señor en darles con ella buenos sucesos con que corre nombre que hace milagros, dice Arregui en su informe de 1622.

Se erigió un santuario y luego un convento franciscano

   Pronto fue construido al lado de la cruz un santuario, considerado en 1694 por el jesuita Francisco Florencia como uno de los más célebres de la Nueva Galicia. Y en 1784 se edificó a un costado de la iglesia el convento franciscano donde vivió el famoso misionero fray Junípero Serra, fundador de las Californias.
   Varios autores se han ocupado de este raro fenómeno, entre ellos Rafael Landívar, quien en su obra Rusticatio Mexicana (1781) dice que la cruz verdeguea cubierta de florido césped, sin morir nunca, no se reseca por el frío invernal, y ni siquiera se amarilla con las rígidas escarchas. Antes bien –agrega-, mientras languidecen los campos del pueblo bajo el hielo, ella sola mantiene sin desmayar el verdor de su mullida hierba.
   No es menos de admirar –añade Landívar- el desusado prodigio por el cual la cruz, como traspasada por agudos clavos, en el lugar propio de éstos produce siempre tres espigas que sobresalen del resto del césped, verdes al mismo tiempo que éste. Y más aún, la cruz maravillosa, taladrada en el costado, en el lugar de la llaga (donde la lanza cruel descubrió el corazón), muestra una abertura que mana rojo caudal.
   Por otra parte, se dice que durante la Guerra de Reforma, que enfrentó en el siglo XIX a  conservadores y liberales, el coronel Antonio Rojas destruyó la Cruz de Zacate, pero que ésta milagrosamente brotó de nuevo.

Aún los no creyentes admiran lo inexplicable del milagro

   Hoy se ubica en el mismo sitio la Parroquia de la Santa Cruz de Zacate, entre Calzada de la Cruz y Ejército Nacional, Zona Centro, de la ciudad de Tepic. El templo alberga, protegida por altos muros y una reja de hierro, la legendaria cruz, a la que se siguen atribuyendo muchos milagros, según los exvotos de mármol ahí colocados.
    La Diócesis de Tepic asegura que la Cruz de Zacate no recibe cultivo alguno, ni en tiempos de lluvias, ni en las secas, ni en temporada invernal. Por todo ello los fieles católicos la consideramos como una bendición de Dios, y hay que resaltar que aún los no creyentes admiran lo inexplicable del milagro.
Iglesia y convento de la Cruz de Zacate. Tepic, Nay.

   Obras consultadas: Descripción de la Nueva Galicia, de Domingo Lázaro de Arregui (1622) y Rusticatio Mexicana, de Rafael Saldívar (1781).
   Fotografías tomadas por el autor el 9 de junio de 2013.

viernes, 12 de abril de 2013

El encuentro de Maximiliano y Mariano Escobedo



General Mariano Escobedo.

   Figuraos al antiguo arriero, al mozo de mulas, al guerrillero, discutiendo con un archiduque, con un hombre que ha vencido en la disputa hombres como Lord Palmerston y Cavour… Vamos, vamos, que ardo en deseos de darle un buen varapelo a Escobedo y probarle que frente a frente no somos iguales ni me vence.
   Tal expresión pone el escritor Victoriano Salado Álvarez, en su drama Querétaro, en boca del emperador Maximiliano, poco antes de que éste se rindiera personalmente ante el general Mariano Escobedo, jefe de Operaciones del Ejército Republicano, en 1867.
   Hasta los 25 años de edad, Escobedo se dedicó a la agricultura, al comercio y a la arriería, especializándose en el arreo de ganado entre su natal San Pablo de los Labradores, en Nuevo León, y Matehuala y Saltillo, en el Norte de México. Este conocimiento de las bestias y de los hombres, así como de los intrincados caminos del país, lo llevó más tarde al exitoso desempeño de altas responsabilidades militares, como lo fue la toma de Querétaro, que definió el triunfo de los liberales ante el ejército conservador.
   En el drama mencionado, Salado Álvarez describe el encuentro entre Escobedo y Maximiliano, quien ya prisionero, al principio dio poca importancia al personaje con quien hablaba, diciéndole que prefería tratar con Benito Juárez, pero luego comprendió su situación, y más tarde se quejó ante los suyos:
   Habéis de estar entendidos de que, en vez de que Escobedo me esperara, como era razón, compungido y lleno de temor, me aguardaba, por el contrario, repleto de orgullo y con un tonillo autoritario que daba grima.
   Escobedo entendía que Maximiliano, un hombre de buena fe, pero engañado por quienes él creía sus amigos de Europa y de México, habría de ser fusilado, como de hecho lo fue el 19 de junio de 1867.

   Fuente: Victoriano Salado Álvarez. Querétaro (1902-1906).
   Para mayor información sobre el tema, recomiendo al apreciable lector el siguiente artículo: http://suite101.net/article/arrieros-notables-de-mexico-a59688#axzz2QDsRoYLu

viernes, 8 de febrero de 2013

Pascual Orozco, de arriero a revolucionario


General Pascual Orozco Vázquez.*

El general Pascual Orozco (1882-1915), uno de los principales revolucionarios que arrojaron del poder al dictador Porfirio Díaz en 1911,  fue arriero en su juventud. En recuas de mulas llevaba mercancías desde Pinos Altos hasta el mineral de Batopilas, en el Sur de Chihuahua, y de regreso traía barras de plata, de suerte que al abrazar la causa revolucionaria, aprovechó su perfecto conocimiento del territorio para combatir exitosamente a las tropas federales en la primera etapa de la rebelión.
En su novela histórica Se llevaron el cañón para Bachimba (1942), que trata de la derrota del propio general Orozco en 1912, cuando se rebeló también contra el Presidente Francisco Madero, por considerar que éste no cumplía con el Plan de San Luis, el escritor Rafael F. Muñoz pone en boca del general Marcos Ruiz una interesante referencia a las montañas de Chihuahua, donde recrea el ambiente que vivió en su juventud el afamado revolucionario. Dice así:
Ahí nací yo, cuando mi padre tenía unas recuas de mulas para transportar la plata desde la mina hasta el ferrocarril. Conozco cada montaña y cada vereda; conozco cada mina. Si algún día los federales llegan a venir por aquí, me sumerjo en la profundidad de la tierra y nadie se atreverá a ir a buscarme; puedo vivir semanas enteras en las grandes cavidades donde la plata fue abundante y pasarme de un nivel a otro por los tiros más peligrosos o más angostos. Y si salgo al campo, puedo alejarme de todo poblado y subsistir indefinidamente, para regresar cuando sea tiempo…
Más adelante agrega:
Cuando tenía diez años comencé a acompañar a mi padre en sus viajes con las mulas cargadas de barras de plata. No había este ferrocarril en aquel tiempo e íbamos hasta Chihuahua en 20 días de marcha. El contraste del mineral a la ciudad provocó mi curiosidad; leí muchos libros, especialmente la historia de México. Y durante los viajes, por las noches platicaba a los muleros de la conducta, a los rifleros que nos escoltaban. En el mineral hablaba a los muchachos, y aún a los hombres, hasta que comenzó a hacerse costumbre. Compraba libros y más libros y hacía viajes y más viajes. Mi padre murió y yo seguí la misma vida, trayendo barras de plata y enseñando a los muchachos. Hasta que vino la revolución y me uní a ella con todos mis muleros y mis rifleros, por lo que me hicieron coronel y luego general.
Finalmente, Orozco, como bien lo había previsto, no fue detenido en sus montañas de Chihuahua, que conocïa como la palma de su mano, sino en El Paso, Texas, donde los rangers norteamericanos lo asesinaron en 1915.
*Imagen tomada de la página Gral. Pascual Orozco Vázquez en Facebook.
Fuente: Rafael F. Muñoz. Se llevaron el cañón para Bachimba (1942).

viernes, 19 de octubre de 2012

El gigante de Amatlán


                          Tomasón, acompañado por dos niños en el Museo de Guadalajara.

Tomás Gómez Hernández, mejor conocido como Tomasón (1863-1924), originario de Amatlán de Cañas, Nay., se distinguió por dos cosas: su extraordinaria estatura (2.30 m.) y el gusto por la arriería, a la que dedicó su vida entera, salvo unos meses en que trabajó como portero en el Museo Regional de Guadalajara.
En su reciente obra Vidas Amatlenses (2012), el profesor Óscar Luna Prado dedica un capítulo a este personaje, nacido el 27 de diciembre de 1863 en el rancho Agua Fría, municipio de Amatlán. Murió el 6 de enero de 1924, a la edad de 61 años.
Tomasón disfrutaba recorrer los caminos atascosos, polvorientos y pedregosos con su atajo de burros, unos 14, en los que transportaba de un lugar a otro productos del campo, víveres y correspondencia. Viajaba a diferentes lugares, principalmente a Guadalajara, donde cultivó buenas amistades.
Cuando iba a su pueblo llevaba burros cargados de leña, pero en ocasiones, sobre todo en tiempo de aguas, los asnos se resistían a cruzar ciertos obstáculos, como arroyos o cercas de alambre. Entonces, Tomasón, que además de alto, era muy fuerte, abrazaba a cada burro con todo y carga y en peso los pasaba al otro lado.
Vestía de manta y guaraches, portando siempre el tradicional cinturón de cuero llamado víbora que servía para guardar las monedas de plata con las que hacía sus  transacciones.
Su gusto era recorrer mundo, de suerte que en uno de sus viajes a los Estados Unidos regresó casado con una jovencita norteña, llamada Josefa Flores, con quien procreó dos hijas de nombre María de Encarnación y María de Jesús.
En 1923 el director del Museo de Guadalajara, Ixca Farías, lo contrató como portero del edificio, pagándole dos pesos diarios con derecho a vivienda y medicinas, ya que para entonces, según diagnósticos médicos, padecía tuberculosis. Sin embargo, sus amigos le aconsejaron que tuviera cuidado porque la intención era matarlo, momificarlo y exhibirlo en el propio museo, para admiración de los turistas.
Por su condición de gigante, Tomasón fue un personaje altamente anecdótico. Se dice que cuando asistía a misa y toda la gente se hincaba a la hora de la consagración, él sobresalía, hincado, entre los demás, y no faltaba quien dijera: ¡Ése que está parado que se hinque!
Cierta vez, cuando trataba negocios en una tienda de su pueblo, dos hombres empezaron a discutir por un puerco que se metió al corral de uno de ellos. Tomasón les pidió repetidas veces que se callaran porque no lo dejaban oír, pero éstos, en vez de callarse, se mentaron la madre y se trenzaron a golpes. Entonces, Tomasón tomó a cada uno por la cintura y los subió al tejado de la tienda; ahí los dejó hasta que otros paisanos llevaron una escalera para bajarlos.
En otra ocasión varios hombres se esforzaban para subir una campana a la torre de la iglesia, pero al no poder con ella fueron a pedirle ayuda a Tomasón, quien la levantó y subió solo.
Quienes conocieron a Tomasón o escribieron sobre él, entre ellos el historiador Ignacio Dávila Garibi, nunca se pusieron de acuerdo sobre la verdadera altura de este arriero gigante. Algunos llegaron a calcularle hasta 2.40 m. Sin embargo, de acuerdo con el maestro Luna Prado, también originario de Amatlán, no debió medir más de 2.30 m., aunque según versiones de quienes asistieron a su velorio, al morir se estiró y creció más. Por cierto que su tumba en el Panteón de Amatlán, que lleva su nombre, es obviamente la más grande.