viernes, 22 de marzo de 2013

Plaga de bandidos en el camino Bolaños-Guadalajara


   Alcanzada apenas la Independencia nacional, el capitán George Francis Lyon, de la Marina Real Inglesa, fue comisionado en 1826  por las compañías mineras de Real del Monte y Bolaños para explorar las posibilidades económicas de la minería mexicana, razón por la cual recorrió durante ocho meses a caballo gran parte del país. En su libro “Residencia en México, 1826”, menciona el camino Bolaños-Guadalajara como uno de los más peligrosos, debido a la proliferación de asaltantes que robaban y mataban a los viajeros.
   Acompañado por dos ejecutivos de la empresa minera, dos arrieros, algunas mulas cargadas y unos cuantos caballos de montar extras, G.F. Lyon salió el 31 de agosto de 1826 de Bolaños, siguiendo el curso del río del mismo nombre hacia el Sur, para llegar a Guadalajara el 5 de septiembre, es decir, cinco días de viaje, durante los cuales se enfrentó a cuatro distintas amenazas de asalto, de las cuales salió ileso, gracias en buena medida a su formación militar.
   Dice que luego de pasar la hermosa aldea de Chimaltitán, subieron por la Cuesta Pericos y luego a Potrerillos, hasta llegar a un cerrado desfiladero donde encontraron a tres pobres hombres, quienes nos informaron que dos días antes los habían detenido y robado trece hombres bien armados. Aparte de robarles sus pertenencias, los bribones los habían desnudado y abandonado junto al camino, atados de pies y manos, hasta que fueron encontrados por unos viajeros.
   Luego, al arribar a la Hacienda de La Estanzuela, la caravana inglesa encontró a un grupo de 17 mercaderes armados con cargas valiosas procedentes de Guadalajara. El día anterior esta gente se había topado con 15 ladrones, bien montados y fuertemente armados, pero al enfrentarse, los mercaderes los hicieron huir.
   Ahí se dio cuenta que casi todos los bandidos y especialmente el capitán de esa gavilla, eran conocidos en Guadalajara, donde gastaban sin temor alguno el dinero robado en el camino, a pesar de los múltiples reportes y quejas de los mercaderes.
   Ante semejante riesgo el capitán inglés contrató a otros cinco hombres armados para reforzar el grupo y continuar su camino hasta San Cristóbal, pasando por la Cuesta del Malacate, donde tres viajeros más habían sido atacados.
   Ya en San Cristóbal, la caravana se acomodó en el portal de la tienda del alcalde. Ahí llegaron noticias frescas de los ladrones, que habían pillado una gran recua de mulas por El Paso del Escalón, casi a la vista de Guadalajara. Entonces, el alcalde ofreció acompañar a Lyon hasta Guadalajara, con otro grupo armado igual al de él, para completar una fuerza de 17 hombres armados.
   Cerca de Milpillas encontraron a 11 hombres a caballo; al principio pensaron que serían ladrones, pero resultaron viajeros decididos también a resistir a los bandidos.
   Durante todo el trayecto, G.F. Lyon dice haber encontrado 11 cruces rústicas que marcaban el sitio del entierro de las víctimas de los ladrones, con una inscripción en que pedían una oración por el bien de su alma.
   Para colmo de males, al arribar a Guadalajara, la comitiva inglesa fue detenida en la garita, donde los celosos guardianes examinaron todos los baúles. A Lyon le quitaron 500 dólares, acusándolo de contrabando, ya que en aquel tiempo era delito pasar dinero de un Estado a otro sin permiso.
   Mi propiedad se hubiera perdido para siempre si no hubiera sido por la amable ayuda de mi amigo don Manuel Luna, para quien había traído cartas de recomendación y cuyo carácter y hospitalidad son proverbiales, concluye el ilustre viajero.

   Fuente: G. F. Lyon. Residencia en México, 1826.


viernes, 15 de marzo de 2013

Las cinco mulas cambujas


Camino Veracruz-México-Guadalajara-Tepic.

   Relumbrón llama Payno en Los Bandidos de Río Frío a un influyente coronel  que en los años 30 del siglo XIX llegó a ser muy poderoso en México no sólo por sus relaciones políticas de muy alto nivel sino por las fabulosas riquezas que pudo acumular gracias a los prósperos negocios que administraba, en su mayoría ilegales, y sobre todo por la extensa red de bandoleros que controlaba y que acudían a él para recibir órdenes y compartir “utilidades”, reconociéndole como jefe de jefes.
   Aunque Relumbrón aparece en esta obra como un personaje novelesco, lo cierto es que por aquella época fue procesado, condenado a muerte y ejecutado el coronel Yáñez, ayudante cercano del presidente Antonio López de Santa Ana, al descubrirse una serie de asesinatos y robos cometidos por las bandas que protegía dicho militar, teniendo cogidas en su red a muchas de las principales familias de México.
   Resulta que Relumbrón, siempre en busca de los negocios más jugosos, acudió en una ocasión a la Feria de San Juan de los Lagos, Jalisco, que era entonces una de las principales del país. Ahí, durante un banquete que ofreció a los  ricos comerciantes de la región, escuchó a dos de ellos, originarios de Tepic, Nayarit, que conversaban en voz baja sobre un contrabando de oro que harían a la Costa del Pacífico, para embarcarlo en un barco de guerra inglés.
   Convencidos ambos comerciantes de que, por su honradez, a los arrieros se les puede fiar oro molido, convinieron en distribuir y ocultar el tesoro en los aparejos de cinco mulas cambujas, que cargadas con barriles vacíos de aguardiente pondrían al cuidado de unos arrieros, mismos que se incorporarían a otros hasta formar un hatajo de 50 mulas transportando aguardiente y azúcar por el camino Guadalajara-Tepic. De esta manera, nadie sospecharía del contrabando de oro que enviarían a Mazatlán, Sinaloa, evadiendo el pago de impuestos.
   Enterado Relumbrón de los detalles de este viaje, mandó llamar a uno de sus capitanes de mayor confianza, llamado Pedro Cataño, a quien encargó aplicar toda su astucia para convertirse en compañero de ruta de todos esos arrieros, y en el lugar más propicio cortar de la recua las cinco mulas cambujas, para conducirlas a un rancho del propio Relumbrón.
   Todo resultó de acuerdo a lo planeado: Cataño se las ingenió y en el momento que juzgó oportuno, una noche en que los arrieros dormían, separó las cinco mulas cambujas, que con prisa condujo, todavía con los barriles de aguardiente vacíos, al rancho de Relumbrón, donde a la vista de éste fueron descargadas las bestias, encontrando en los aparejos, donde normalmente hay borra y zacate, veintidós mil pesos en oro envueltos en gamuza gruesa.
   Moraleja: Para unos que madrugan hay otros que no duermen.
   Mula cambuja: De color negro con visos rojizos.
   Dibujo: Alberto Beltrán. Viajes en México. SOP (1972).
   Fuente: Manuel Payno. Los Bandidos de Río Frío (1889-1891).

viernes, 8 de marzo de 2013

Asalto a la diligencia México-Veracruz


Camino de diligencias México-Veracruz.

   En los años 30 del siglo XIX los caminos de México se habían llenado de ladrones, ya que los gobernantes, enfrascados en la lucha por el poder, no tenían tiempo de ocuparse en la seguridad de los viajeros. Una de las rutas más peligrosas era la de México-Veracruz, recorrida a diario por gente adinerada a bordo de diligencias, así como por numerosos arrieros que traficaban con mercancías entre ambas ciudades.
   Sobre ese camino, en el monte de Río Frío, entre los valles de México y de Puebla, operaba una famosa banda de asaltantes, cuyas acciones recrea Manuel Payno en su novela Los Bandidos de Río Frío (1888-1891).
   En el primer asalto a la diligencia que encabezó el capitán de bandidos llamado Evaristo, éste apareció de pronto en el camino al frente de un grupo de enmascarados montados en buenos caballos y bien armados.
   ¡Alto!, gritó Evaristo al cochero, haciendo girar y pararse de manos a su caballo alazán y apuntando su pistola en todas direcciones. Cuando el carruaje se detuvo, se acercó a la portezuela derecha, y apuntando dijo: Al que se mueva o grite le vuelo la tapa de los sesos.
   Entre los pasajeros se hallaba don Manuel Escandón, uno de los empresarios más poderosos de la capital mexicana, otros dos ricos empresarios, dos señoras ancianas que regresaban a Puebla con sus dos criadas, y dos comerciantes que bajaban a Veracruz a hacer sus compras de invierno.
   Todos ellos habían oído hablar del peligro que había en ese punto del camino, pero también sabían que si no oponían resistencia, podían salvar la vida. Ante el terror de sus compañeros de viaje, don Manuel Escandón dijo tranquilamente: No hay necesidad de violencia, señor capitán. Estamos prontos a hacer lo que usted mande.
   Entonces, todos los pasajeros empezaron a entregar sus pertenencias: dinero, relojes de oro, alhajas y hasta relicarios que llevaban las señoras con imágenes y astillitas de huesos de santos.
   Cuando los pasajeros dijeron que ya habían entregado todo, el bandido les ordenó que bajaran de la diligencia y se tendieran boca abajo en el suelo, amenazándolos de muerte si levantaban la cabeza. Una de las ancianas, que luego se supo era doña Cayetana del Prado, dama antigua y principal de Puebla, había ocultado en el seno una bolsita de seda llena de escuditos de oro, que creía haber escapado, pero por desgracia se le cayó al bajar del carruaje. Esto encendió la cólera del bandolero.
   Sin embargo, siguió la búsqueda de bultos, baúles y equipajes de los viajeros, a bordo de la diligencia. 
   En eso pasó por el camino una recua de mulas cargadas con azúcar y aguardiente, seguida a pocos minutos por indios de las cercanías, a pie, y por otros con burros cargados con huacales de fruta o de vacío. Todos fueron detenidos y amenazados de muerte por los enmascarados si intentaban retroceder o defenderse.
   Evaristo ordenó a los pasajeros que se levantaran todos, menos la anciana que había ocultado la bolsita con oro, y encaminándose hacia ella con la pistola en la mano, amenazó con matarla, pero ante las súplicas de los demás pasajeros, en vez de darle un tiro, tomó la cuarta que tenía abrochada en la pretina de las calzoneras, levantó las ropas y le aplicó dos o tres cuartazos que le hicieron dar gritos de dolor. La pobre señora se desmayó.
   Después el bandido hizo subir a todos en el carruaje y les dijo: Los he tratado como si hubieran sido mis amos, pero tengan muy presente lo que les voy a decir: si al llegar a Puebla chistan una palabra, cuéntense por muertos […]. Donde quiera que los veamos los hemos de matar. Y agradezcan que por ustedes no maté a esa condenada vieja que ya me había robado el fruto de mi trabajo.
   Luego, ordenó al cochero que arrancara, y cuando  la diligencia desapareció entre las vueltas del camino, reunió a los arrieros e indios detenidos, que eran más de 30, y les hizo las más terribles amenazas si decían algo de lo que había pasado.
   Finalmente, se fue con sus enmascarados a su escondite, en el Rancho de los Coyotes, a repartir el robo, que sumó 600 pesos en monedas de oro y plata; tres relojes de oro y uno de plata; como diez anillos de oro con algunos brillantes, otras alhajas y ropa nueva y muy cara que venía en el baúl de don Manuel Escandón.  Evaristo quedó contento. Dejó para él la tercera parte del botín, a su segundo, Hilario, le dio otra tercera parte, y el resto lo repartió entre los indios integrantes de la banda.
   De ahí en adelante, Evaristo y sus secuaces siguieron cometiendo numerosos asaltos en ese camino, con la mayor impunidad.

   Dibujo de Alberto Beltrán. Viajes en México (1972). Secretaría de Obras Públicas.
   Fuente: Manuel Payno. Los Bandidos de Río Frío (1888-1891).

viernes, 1 de marzo de 2013

Así viajaban los ricos hacendados



   Los Bandidos de Río Frío (1888-1891), novela de Manuel Payno que describe magistralmente costumbres y personajes populares de la primera mitad del siglo XIX en México, ilustra la forma en que viajaban los ricos hacendados de la época tanto en sus recorridos entre la capital mexicana y sus haciendas como entre éstas y sus ranchos.
   En viajes largos, por lo general se transportaban en el llamado avío, consistente en un pesado coche de forma esférica, revestido de su camisa blanca de lona, tres tiros de mulas para la remuda, un chinchorro de mulas de lazo y reata para los equipajes y quince o veinte mozos armados de machetes y tercerolas, vestidos de gamuza amarilla y en buenos caballos.
   Llegados a su destino, los ricos propietarios, pertenecientes muchos de ellos a la nobleza mexicana, que por fuerza de costumbre sobrevivió algún tiempo a la Independencia, caminaban de una a otra de sus haciendas y ranchos en carruajes menos vistosos, pero bien pintados y lustrados.

Viaje de lujo a la Hacienda del Sauz

   Sin embargo, cuando querían impresionar a alguien, los poderosos terratenientes viajaban con derroche de lujo. Éste fue el caso del marqués de Valle Alegre cuando pretendía casarse con Mariana, hija del conde don Diego, propietario de la Hacienda del Sauz.
   En esa ocasión el marqués llegó a la hacienda de su pariente, escoltado por 25 soldados, a bordo de su coche, una gran máquina esférica de color azul de cielo, con sus armas en las portezuelas sostenidas por dos gruesas varas doradas, dos enormes ruedas traseras y dos pequeñísimas delanteras.
   Tiraban de este pesadísimo carruaje, que parecía sacado de algunas caballerizas reales, ocho mulas prietas, dos de tronco, cuatro de centro y dos de guía, gobernadas por dos cocheros vestidos de rancheros pero de paño grueso oscuro. En ese coche había hecho el marqués el camino, y aún algunas noches había dormido dentro de él, prefiriéndolo a las malas posadas de los ranchos.
   Al carro del distinguido galán seguía el de las criadas, por el mismo estilo, pero de menos lujo, y uncidas a éste había ocho mulas bayas, que en brío y carnes no eran inferiores a las prietas.
   De remuda había ocho mulas retintas, pero lo más selecto, lo más valioso, era un tiro de mulas blancas, añadidas al avío, que estaban al cuidado de seis u ocho mozos bien montados y con sus reatas en los tientos.
   La retaguardia se formaba por un chinchorro de diez mulas, con sus respectivos arrieros, sus aparejos nuevos, adornados con madroños de lana de colores, y en las atarrias (albardas) un letrero de paño blanco sobre fondo rojo, que decía: Sirvo a mi amo el marqués, y así daba vuelta engastando vistosamente las ancas redondas de las mulas.

   Adviértase que, lejos aún del automóvil, aquellos hacendados no la pasaban mal…

Imagen: Coche de colleras. Litografía de Claudio Linati. 1828.

Fuente: Manuel Payno. Los Bandidos de Río Frío (1888-1891).

viernes, 22 de febrero de 2013

De cómo un afligido esposo salva su matrimonio



  En Mi primera mujer (1940) el escritor campechano Juan de la Cabada cuenta lo sucedido a un leñador que habiéndose casado con una mujer mayor que él, llamada Faustina, vivía contento con ella porque le cumplía todos sus antojos, hasta los más extravagantes. Sin embargo, viendo que uno de sus vecinos se daba gusto golpeando todos los días a su esposa, al leñador le entró la idea de imitarlo, pero no hallaba motivo para golpear a Faustina, porque simplemente ella no lo daba.
   Tanto le inquietó la idea de pegarle a su mujer que fue a pedirle consejo al vecino, y éste le recomendó que comprara un kilo de carne y que le pidiera a su esposa la preparara en cinco guisos diferentes. No lo hará –añadió el amigo- ya sea por perezosa o porque no pueda, y ahí tendrás la primera ocasión para darle una paliza. El leñador puso en práctica el consejo, pero inútilmente porque Faustina le preparó los cinco guisos tal como los pedía.
   Así por el estilo, ensayó otros medios para enfadarla, y ninguno funcionó, hasta que un día se acabó el trabajo del monte y la pareja se quedó en la miseria. El marido tuvo que vender hasta el burro en que  llevaba la leña al pueblo. Fue entonces cuando zumbaron a su alrededor las indirectas y los improperios: ¡Grandísimo holgazán! ¡Ya estoy cansada de ti!, gritaba Faustina, quien acabó por correrlo de la casa: ¡Lárgate y no vuelvas!
   Ahora sí hay motivo para pegarle, pensó el leñador, pero vio que no era oportuno. Tomó su sombrero y se fue hasta llegar a la orilla de un arroyo donde había un árbol con sombra. Ahí se sentó a lamentar su desgracia.
   En esto –dice- vi que venía un arriero. Las mulas de carga pasaron, pero la de silla no quería pasar porque era bronca. El arriero sacó su cuarta y empezó a darle de cuartazos, pero la mula, terca, pateaba y se revolvía en el mismo lugar sin querer cruzar el agua. El arriero la tundió hasta que logró lo imposible: que la mula cruzara el corriental. Yo, en vista de aquello, corrí tras del arriero:
   -Oiga, amigo, le compro a usted esa cuarta.
   El arriero no quería venderla porque la necesitaba para su mula cerrera. -¿Tú para qué la quieres?, preguntó.
   -Es para pegarle a mi mujer. He mirado bien que ese animal que traes es muy bronco. Sin embargo, lo domaste, y ¿por qué yo no he de domar a mi mujer?
   -¡Ah!, siendo para eso, amigo, te la obsequio, dijo el arriero.
   El leñador volvió a su casa con la cuarta sobre un brazo.
   -¿Tan pronto regresas, grandísimo gandul?, le dijo Faustina al verlo.
   El marido, sentándose a descansar en una piedra, le pidió que como era la última vez que la molestaba, le pusiera agua para bañarse. Diligente como era, la mujer al minuto le avisó que estaba lista el agua.
   –Bueno, ahora búscate una batea y ponme ahí el agua, dijo el marido.
    -¡Ah qué caprichos tienes!, se quejó la mujer, pero lo hizo.
   Todo dispuesto, ordenó a Faustina que brincara de un lado a otro de la batea.
   -¡Eso sí que nunca lo verás! ¡Es demasiado!, contestó.
   Al cabo –dice el protagonista de la historia- le descargué sólo un cuartazo, ¡uno solo!, y sin aguardar a que repitiese yo, brincó la tarde entera, de un lado a otro de la batea… Y hubiera seguido brincando siempre hasta la hora de la muerte, si de rodillas y con lágrimas de arrepentimiento no le hubiese suplicado que parase.
   Desde aquel día –asegura- su mujer lo quiso más y más. Y pronto lo engancharon los contratistas para el corte de caoba, de donde  ganó lo suficiente para el sustento de su casa, satisfecho de no parecer holgazán a los ojos de Faustina.

   Imagen: De la página Ameca Turístico en Facebook.
   Fuente: Juan de la Cabada. Mi primera mujer en Paseo de mentiras (1940).

viernes, 15 de febrero de 2013

De cómo soldados y arrieros cruzan los ríos



Quinientos soldados de un ejército de caballería llegan a la orilla de un caudaloso río que deben cruzar de inmediato; no pueden esperar a que baje la corriente porque el tiempo es limitado y la columna necesita ser puntual; el plan de ataque así lo exige. Detrás de los soldados vienen los arrieros con todo el bagaje de la tropa. Ambos, soldados y muleros, atraviesan con éxito el ancho y violento afluente, pero cada quien a su modo.

Cómo pasan el río los soldados

Entre los soldados, unos cruzan montados y otros nadando. Quienes confiesan no saber nadar, dicen que lo mejor es confiarse al caballo, pues que los caballos son buenos nadadores y siempre salvan al jinete.
Los caballos, en cuanto meten las manos al agua, clavan las orejas hacia adelante, encojen el cuello y resoplan desconfiados. Se arrojan al sentir los talones en los ijares. Cuando el agua les cubre las costillas completamente, comienzan a nadar, estirando el cuello para conservar a descubierto boca y nariz.
A la otra orilla sale ya un grupo de jinetes. De los caballos se miran apenas las cabezas, tendidas. Se oyen los resoplidos de las bestias y por sus movimientos se conoce que no alcanzan fondo. Los jinetes llevan el agua a la cintura y se escuchan los gritos de quienes, más expertos o mejor montados, dan ánimo a los que corren peligro: ¡No mires la corriente, muchacho! ¡Mira para el monte, para el cielo! ¡Si miras al agua te mareas!
Otros soldados no se sienten seguros sobre la silla por  temor de que el animal dé una voltereta y los aplaste en la caída; han echado a fuerza de latigazos y gritos sus caballos, los cuales, una vez en la corriente, siguen el rumbo marcado por los delanteros. Esos hombres suben por la orilla, entre los breñales, y muy arriba del vado se echan a nadar. Se les mira hundirse y emerger en el vaivén de los jalones del río. Cuando se les viene encima un tronco, se sumergen o bracean más rápidamente.

Cómo cruzan el río los arrieros

Llegan luego los de la impedimenta: Es toda una recua cargada con cajas de parque, ametralladoras y carabinas, al cuidado de varios arrieros. Las bestias son detenidas en la orilla. Los arrieros les aprietan cinchas y pretales para que no vaya a voltearse el bulto […] Algunos de los arrieros se quitan sus ropas, las cuales colocan en el ala del sombrero, y, cogidos de las colas de las acémilas, van tirados a merced del agua, como lagartos muertos. Otros se sientan en las ancas de las mulas más fuertes. Algunas de las acémilas equivocan la dirección y son disciplinadas a gritos de una fuerza irresistible.

Moraleja: No importa cómo se salva un obstáculo, importa hacerlo a tiempo y bien.

Imagen: De la página Puente De Camotlán La Yesca, Nay., en Facebook.
Fuente: Gregorio López y Fuentes. Campamento (1931).




viernes, 8 de febrero de 2013

Pascual Orozco, de arriero a revolucionario


General Pascual Orozco Vázquez.*

El general Pascual Orozco (1882-1915), uno de los principales revolucionarios que arrojaron del poder al dictador Porfirio Díaz en 1911,  fue arriero en su juventud. En recuas de mulas llevaba mercancías desde Pinos Altos hasta el mineral de Batopilas, en el Sur de Chihuahua, y de regreso traía barras de plata, de suerte que al abrazar la causa revolucionaria, aprovechó su perfecto conocimiento del territorio para combatir exitosamente a las tropas federales en la primera etapa de la rebelión.
En su novela histórica Se llevaron el cañón para Bachimba (1942), que trata de la derrota del propio general Orozco en 1912, cuando se rebeló también contra el Presidente Francisco Madero, por considerar que éste no cumplía con el Plan de San Luis, el escritor Rafael F. Muñoz pone en boca del general Marcos Ruiz una interesante referencia a las montañas de Chihuahua, donde recrea el ambiente que vivió en su juventud el afamado revolucionario. Dice así:
Ahí nací yo, cuando mi padre tenía unas recuas de mulas para transportar la plata desde la mina hasta el ferrocarril. Conozco cada montaña y cada vereda; conozco cada mina. Si algún día los federales llegan a venir por aquí, me sumerjo en la profundidad de la tierra y nadie se atreverá a ir a buscarme; puedo vivir semanas enteras en las grandes cavidades donde la plata fue abundante y pasarme de un nivel a otro por los tiros más peligrosos o más angostos. Y si salgo al campo, puedo alejarme de todo poblado y subsistir indefinidamente, para regresar cuando sea tiempo…
Más adelante agrega:
Cuando tenía diez años comencé a acompañar a mi padre en sus viajes con las mulas cargadas de barras de plata. No había este ferrocarril en aquel tiempo e íbamos hasta Chihuahua en 20 días de marcha. El contraste del mineral a la ciudad provocó mi curiosidad; leí muchos libros, especialmente la historia de México. Y durante los viajes, por las noches platicaba a los muleros de la conducta, a los rifleros que nos escoltaban. En el mineral hablaba a los muchachos, y aún a los hombres, hasta que comenzó a hacerse costumbre. Compraba libros y más libros y hacía viajes y más viajes. Mi padre murió y yo seguí la misma vida, trayendo barras de plata y enseñando a los muchachos. Hasta que vino la revolución y me uní a ella con todos mis muleros y mis rifleros, por lo que me hicieron coronel y luego general.
Finalmente, Orozco, como bien lo había previsto, no fue detenido en sus montañas de Chihuahua, que conocïa como la palma de su mano, sino en El Paso, Texas, donde los rangers norteamericanos lo asesinaron en 1915.
*Imagen tomada de la página Gral. Pascual Orozco Vázquez en Facebook.
Fuente: Rafael F. Muñoz. Se llevaron el cañón para Bachimba (1942).