viernes, 15 de febrero de 2013

De cómo soldados y arrieros cruzan los ríos



Quinientos soldados de un ejército de caballería llegan a la orilla de un caudaloso río que deben cruzar de inmediato; no pueden esperar a que baje la corriente porque el tiempo es limitado y la columna necesita ser puntual; el plan de ataque así lo exige. Detrás de los soldados vienen los arrieros con todo el bagaje de la tropa. Ambos, soldados y muleros, atraviesan con éxito el ancho y violento afluente, pero cada quien a su modo.

Cómo pasan el río los soldados

Entre los soldados, unos cruzan montados y otros nadando. Quienes confiesan no saber nadar, dicen que lo mejor es confiarse al caballo, pues que los caballos son buenos nadadores y siempre salvan al jinete.
Los caballos, en cuanto meten las manos al agua, clavan las orejas hacia adelante, encojen el cuello y resoplan desconfiados. Se arrojan al sentir los talones en los ijares. Cuando el agua les cubre las costillas completamente, comienzan a nadar, estirando el cuello para conservar a descubierto boca y nariz.
A la otra orilla sale ya un grupo de jinetes. De los caballos se miran apenas las cabezas, tendidas. Se oyen los resoplidos de las bestias y por sus movimientos se conoce que no alcanzan fondo. Los jinetes llevan el agua a la cintura y se escuchan los gritos de quienes, más expertos o mejor montados, dan ánimo a los que corren peligro: ¡No mires la corriente, muchacho! ¡Mira para el monte, para el cielo! ¡Si miras al agua te mareas!
Otros soldados no se sienten seguros sobre la silla por  temor de que el animal dé una voltereta y los aplaste en la caída; han echado a fuerza de latigazos y gritos sus caballos, los cuales, una vez en la corriente, siguen el rumbo marcado por los delanteros. Esos hombres suben por la orilla, entre los breñales, y muy arriba del vado se echan a nadar. Se les mira hundirse y emerger en el vaivén de los jalones del río. Cuando se les viene encima un tronco, se sumergen o bracean más rápidamente.

Cómo cruzan el río los arrieros

Llegan luego los de la impedimenta: Es toda una recua cargada con cajas de parque, ametralladoras y carabinas, al cuidado de varios arrieros. Las bestias son detenidas en la orilla. Los arrieros les aprietan cinchas y pretales para que no vaya a voltearse el bulto […] Algunos de los arrieros se quitan sus ropas, las cuales colocan en el ala del sombrero, y, cogidos de las colas de las acémilas, van tirados a merced del agua, como lagartos muertos. Otros se sientan en las ancas de las mulas más fuertes. Algunas de las acémilas equivocan la dirección y son disciplinadas a gritos de una fuerza irresistible.

Moraleja: No importa cómo se salva un obstáculo, importa hacerlo a tiempo y bien.

Imagen: De la página Puente De Camotlán La Yesca, Nay., en Facebook.
Fuente: Gregorio López y Fuentes. Campamento (1931).




viernes, 8 de febrero de 2013

Pascual Orozco, de arriero a revolucionario


General Pascual Orozco Vázquez.*

El general Pascual Orozco (1882-1915), uno de los principales revolucionarios que arrojaron del poder al dictador Porfirio Díaz en 1911,  fue arriero en su juventud. En recuas de mulas llevaba mercancías desde Pinos Altos hasta el mineral de Batopilas, en el Sur de Chihuahua, y de regreso traía barras de plata, de suerte que al abrazar la causa revolucionaria, aprovechó su perfecto conocimiento del territorio para combatir exitosamente a las tropas federales en la primera etapa de la rebelión.
En su novela histórica Se llevaron el cañón para Bachimba (1942), que trata de la derrota del propio general Orozco en 1912, cuando se rebeló también contra el Presidente Francisco Madero, por considerar que éste no cumplía con el Plan de San Luis, el escritor Rafael F. Muñoz pone en boca del general Marcos Ruiz una interesante referencia a las montañas de Chihuahua, donde recrea el ambiente que vivió en su juventud el afamado revolucionario. Dice así:
Ahí nací yo, cuando mi padre tenía unas recuas de mulas para transportar la plata desde la mina hasta el ferrocarril. Conozco cada montaña y cada vereda; conozco cada mina. Si algún día los federales llegan a venir por aquí, me sumerjo en la profundidad de la tierra y nadie se atreverá a ir a buscarme; puedo vivir semanas enteras en las grandes cavidades donde la plata fue abundante y pasarme de un nivel a otro por los tiros más peligrosos o más angostos. Y si salgo al campo, puedo alejarme de todo poblado y subsistir indefinidamente, para regresar cuando sea tiempo…
Más adelante agrega:
Cuando tenía diez años comencé a acompañar a mi padre en sus viajes con las mulas cargadas de barras de plata. No había este ferrocarril en aquel tiempo e íbamos hasta Chihuahua en 20 días de marcha. El contraste del mineral a la ciudad provocó mi curiosidad; leí muchos libros, especialmente la historia de México. Y durante los viajes, por las noches platicaba a los muleros de la conducta, a los rifleros que nos escoltaban. En el mineral hablaba a los muchachos, y aún a los hombres, hasta que comenzó a hacerse costumbre. Compraba libros y más libros y hacía viajes y más viajes. Mi padre murió y yo seguí la misma vida, trayendo barras de plata y enseñando a los muchachos. Hasta que vino la revolución y me uní a ella con todos mis muleros y mis rifleros, por lo que me hicieron coronel y luego general.
Finalmente, Orozco, como bien lo había previsto, no fue detenido en sus montañas de Chihuahua, que conocïa como la palma de su mano, sino en El Paso, Texas, donde los rangers norteamericanos lo asesinaron en 1915.
*Imagen tomada de la página Gral. Pascual Orozco Vázquez en Facebook.
Fuente: Rafael F. Muñoz. Se llevaron el cañón para Bachimba (1942).

viernes, 1 de febrero de 2013

Los mesones de Tacámbaro


Tacámbaro antiguo*.

En su obra Desbandada, José Rubén Romero (1890-1952) describe maravillosamente el pueblo de Tacámbaro, Mich., con sus calles pintorescas, plazas, portales, parroquia, industrias, comercios y habitantes, en la época que antecedió a la Revolución Mexicana. Hijo pródigo de Tacámbaro llaman en este pueblo al notable escritor, quien refiriéndose a los mesones que ahí había dice lo siguiente:
En el barrio de La Palanca abundan los mesones, esas típicas hospederías de pueblo que diríanse fundadas por Francisco de Asís para hermanar al hombre con la bestia. Todos tienen los mismos patios, llorosos de luna; las mismas rebosantes atarjeas, a cuyo borde se enfilan las recuas como los señoritos en un bar; en todos se respira olor idéntico a pastura y a correaje sudado; de los macheros sale la misma música de rebuznos, silbidos e interjecciones, y en todos ellos flamea como un buen capote de brega el zagalejo de Maritornes, tan dadivosa de su carne en la íntima comunión de los arrieros.
Arrancando de la falda del Cerro de la Mesa –dice el mismo autor- las calles forman una roja escalinata que parece de ladrillo de jarro, y son tan pendientes y quebradas, que no pueden transitar por ellas ni las carretas quejumbrosas de mansos bueyes pensativos, únicos vehículos existentes en el pueblo, ni las bestias de carga que los arrieros no se atreven a enfilar por dichos vericuetos, temerosos de que sus tercios emprendan, cuesta abajo, una rápida e imprevista carrera de obstáculos.

Aperos de arriería

También habla José Rubén Romero sobre el Portal de abajo, muy concurrido por los arrieros, donde se abastecían de los artículos necesarios para su duro oficio:
Ofrecen los jarcieros la fauna extravagante de sus mercancías: gruesas reatas que parecen culebras; pitas enroscadas que dan el aspecto de solitarias puestas en alcohol; bozalillos de crin, como ciempiés mortíferos, y las membranas transparentes de los más finos huangoches*. Los cordeles colgados de las puertas parecen trenzas rubias y los sudaderos de estopa quizá despierten la envidia de las recuas de carga, mustias y doloridas de carona. Como un pelotón de soldados, del cual no se vieran más que los pies, se alinean en el piso filas y filas de zapatos de becerro crudo que los rancheros se prueban con grande esfuerzo, al aire libre, untándose jabón en los talones.

*Imagen tomada del muro Tacámbaro Pro Pueblo Mágico.
*Guangoche. Tela burda y rala, hecha de ixtle. Suele servir para abrigo exterior de fardos. Santamaría.
Fuente: J. Rubén Romero. Desbandada (1934).

viernes, 25 de enero de 2013

El cazador


José Rubén Romero.- Enciclopedia de México.

Hacia el año 1910, cuando tenía 20 años de edad, el notable escritor michoacano José Rubén Romero obtuvo un empleo de administrador de Rentas en Sahuayo, cerca de su natal Cotija de la Paz; ganaba escasos 30 pesos mensuales, pero le quedaba tiempo libre, razón por la cual sus amigos lo invitaban a cacería; José Rubén no quería ir porque dada su inexperiencia en este deporte, temía darse un tiro por su propia mano. Sin embargo, tanto le insistieron que finalmente aceptó, y vea usted el resultado:
Una tarde salimos con las escopetas rumbo al rancho del Rincón en busca de venados. Los compañeros comenzaron a rastrear y a otro amigo y a mí nos encomendaron la guarda de un paso, encareciéndonos que no se tirara sino cuando la pieza estuviera bien cerca.
Nos acomodamos detrás de unas jaras, algo nerviosillos y aguzando mucho los ojos, porque la noche se nos venía encima.
Un ruido de ramas salió del encinal, y el bulto de un venado se perfiló a corto trecho de nuestro escondite. Me eché la escopeta a la cara, apunté cuidadosamente, salió el tiro y el bulto se desplomó como tocado por un rayo.
¡Con qué alegría corrí al sitio donde se agitaba la pieza! ¡El mejor blanco de mi vida! Me parecía imposible.
Pero al llegar adonde creía que agonizaba un venado me paré en seco, estupefacto.
-Amador –le grité al compañero con voz angustiada-. ¡es un macho!
-Hombre, mejor, porque la carne de las hembras es más dura –me contestó mi amigo, alegremente.
Lo cierto es que era un macho, pero un macho de carga, y yo tuve que pagarlo al arriero.
¡Adiós, alcancía y vanidad pasajera de buen tirador!
Fuente: J. Rubén Romero. Apuntes de un lugareño (1932)

viernes, 18 de enero de 2013

Las mulas colombianas


En anterior entrada de este blog narré la historia del Gigante de Amatlán, arriero que en las primeras décadas del siglo XX cobró fama en Jalisco por su extraordinaria estatura y fuerza, ya que era capaz de levantar un burro de tamaño normal con todo y carga. Ahora hablaré de otro ranchero, bastante fuerte también, que sabía cómo tratar mulas broncas.
Era un tal Garduño, que según cuenta Luis G. Inclán en su obra Astucia (1865), llegó un día a la hacienda de Tepetongo al tiempo que unos charros estaban herrando una partida de mulas cerreras en el corral, y al ver que las manganeaban y porraceaban sin compasión, les dijo con tono de lástima:
-Pobrecitos animalitos, no las maltraten, cójanles las patitas y acuéstenlas con cuidado, y luego con sólo estirarlas de una pata échenlas fuera del corral, ¿para qué son esos lazos y jalones?, no sean bárbaros.
-¿Pues qué son borregos? –respondió uno de los que estaban lazando, que era nada menos que el dueño de la partida-; del dicho al hecho hay mucho trecho.
-Cuando yo lo digo, amito, es porque lo sé hacer […] Si quiere perder algo les daré una leccioncita.
-Cuantas mulas acueste y las eche fuera como ha dicho, se las regalo, dijo el dueño, tildándolo de hablador.
Garduño aceptó el reto: Se puso su barboquejo, escupió y restregó las manos, abriendo los brazos y silbando, arrinconó la mulada, se arrimó violentamente y le tomó con la mano izquierda una pata a una de las mulas más gordas y corpulentas, que tirando coces, en vano trató de librarse; en un descuido le agarró la otra pata, y cruzándole corva sobre corva la hizo caer al suelo de costillas poco a poco. Luego llamó a los vaqueros para que fueran a herrarla. Una vez marcada le soltó una pata, y estirándola de la otra con una mano, se la fue llevando andando el animal en tres pies para atrás y la sacó del corral hacia otro inmediato.
Así siguió impávido sacándose las mejores mulas ante la admiración de todos los concurrentes, venciendo fácilmente la más o menos resistencia que le hacían, y mirando el dueño que ya se había sacado media docena, dijo lleno de asombro:
-¡Basta, basta, amigote!, quedo convencido de su poder, soy un necio con dudar de los hombres. Dios le conserve su canilla, que seguramente como esa no hay dos.
Garduño le pidió luego que le diera el precio de esos animalitos para pagárselos.
-Esas seis mulas son de usted, señor mío, yo también sé sostener lo que digo.
“Pues entonces punto en boca y viva usted mil años”, respondió Garduño, y dirigiéndose a los lazadores les dijo: “Señores, sigan en su diversión y derrenguen mulas, que por mí y el cura, toda la cuenta es una”.

viernes, 11 de enero de 2013

Lorenzo el aguardentero


En su novela Astucia (1865), Luis G. Inclán narra las aventuras de un joven llamado Lorenzo, quien cansado de ensayar diversos empleos al servicio de hacendados que lo trataban como esclavo, pidió permiso a su padre, un honrado ranchero, para abrazar el oficio de la arriería y así respirar el aire libre en el camino, el comercio, sin depender de voluntad ajena […] Habilíteme usted con las dos mulas viejas del carrito, la yegua mora lunaca, arrecuándome con mi padrino las llenaré de aguardiente y marcharé por esos mundos de Dios a buscar mi suerte.
-Pero si, como dices, te horroriza la esclavitud –le contestó su padre-, ¿qué más servilismo quieres que ser esclavo de tus propios animales?
-Eso muda de sentido, señor padre, ellos dependen de mi voluntad y si me esclaviza el atenderlos y cuidarlos, veré algún día el fruto de mi trabajo; los tendré tamaños de gordos; valdrán más; los cargaré a mi satisfacción; en fin, tendré otras mil ventajas que nunca alcanza el dependiente.
-Y si cuando estés muy callado te asaltan en el camino, se te desrenga una bestia  o te sucede una de tantísimas desgracias a que continuamente vas a estar expuesto, ¿qué sucede?
-¿Qué ha de suceder? Yo siempre tomaré mis precauciones para evitarlas hasta donde puedan mis alcances; si a pesar de eso me sobreviene alguna, redoblaré mi trabajo para restaurarla, y quiera o no, tendré que aguantarme fuerte; en lo más seguro hay riesgo, ninguno está exento de una mala hora; en fin, voy a probar fortuna, señor padre, deme la mano para ver qué tal me pinta ese giro […]
-Hay otra cosa sobre eso, Lorenzo, que no es de mi agrado y en confianza te lo digo: para que los aguardenteros puedan tener alguna regular utilidad, necesitan no sujetarse sólo a sus fletes, sino engañar a sus marchantes adulterando su efecto, o contrabandear para excusarse de pagar los derechos de alcabalas, ambas cosas son ilegales y me repugna ese modo de buscar el dinero, que por lo general es salado y no les luce.
-Esos son escrúpulos, señor, porque si el aguardentero echa agua es porque el consumidor quiere pagar barato sin hacer mérito de la calidad del efecto; y respecto de las contrabandeadas se han generalizado tanto que el comerciante, el hacendado, el propietario, y hasta el infeliz indio carbonero procuran ver cómo excusan los derechos, impuestos, peajes, contribuciones y cuantas pensiones gravitan sobre ellos, contraviniendo a las leyes, y el dinero que dejan de pagar no se les sala sino que lo ostentan en su lujo y lo tiran con franqueza […]
Aunque no convencido de las razones de su hijo, el padre tuvo al fin que acceder para evitar que tal vez fastidiado tomara otra determinación.
Y no le fue mal a Lorenzo en su nuevo oficio, pues con tanto afán se dedicó al mismo que al año ya tenía ocho magníficas mulas propias, un buen macho de silla romito; cargaba dieciséis barriles que en menos de quince días realizaba en sus entregos, y volteaba un capitalito de más de seiscientos pesos, concluye Luis G. Inclán.

viernes, 4 de enero de 2013

Lo que aconteció a un aventurero andaluz

Mapa de la Nueva España. Anónimo del siglo XVII.

En El hombre de la situación (1861), Manuel Payno habla de un joven andaluz llamado Fulgencio García, que como otros muchos aventureros de tiempos de la Colonia, vino a la Nueva España con el afán de hacer fortuna de la noche a la mañana, pues le habían dicho que aquí abundaba el oro como en España las piedras. Con esta feliz idea arribó al Puerto de Veracruz y se encaminó, según él, a la Ciudad de México, pero habiendo emprendido el viaje solo y a pie, se extravió y pidió ayuda a unos arrieros que transportaban aguardiente.
Desde el primer momento, Fulgencio empezó a fanfarronear, ostentándose como descendiente directo del emperador Julio César y amigo del virrey. El mayordomo de los arrieros, llamado Marcelo, se echó a reír y mandó traer una mula que venía sin carga para montar a Fulgencio. En el camino los arrieros se divertían escuchando las historias del andaluz, que no cesaba de presumir su valor y nobleza.
Cerca de Puebla, Fulgencio le dijo a Marcelo que ya era hora de arreglar cuentas. Marcelo creyó que el muchacho quería pagarle el flete de la mula en que había caminado y la comida de que había participado, pero como jamás fue su intención cobrarle nada, le volteó la espalda con desenfado: “¿Qué cuentas hemos de arreglar, Fulgencio? No es nada, pues estamos acostumbrados a esto los que hacemos viajes de México a Veracruz”.
-¡Cómo! Explíquese bien, tío Marcelo. ¿Con que se acostumbra en la India no pagá el trabajo? Diga, diga, sin andarse con delicadeza, ¿cuánto reale me debe?
Marcelo volvió la cara lleno de asombro: ¿Cómo?, ¿qué dices, Fulgencio?, le preguntó.
-Lo dicho, tío Marcelo: ¿cuánto reale me ha de pagá?...
-¿Yo pagarte?, interrumpió Marcelo.
-¡Clarito! ¿Pue cuánto vengo yo ganando por venir enroquetao en el mulo?
-¡Tuno  bribón!, dijo Marcelo. Mira, no te doy de palos porque sé que eres andaluz y, como todos ellos, desagradecido y papalón. Pero ahora mismo te marchas de aquí. ¡Largo, largo antes que yo haga una de las mías!
Fulgencio vio tan enojado y decidido al arriero, que cargó su maleta y echó a andar por el camino real. -¡Canalla de indio y de negro! Con toíta razón son eclavo –dijo en cuanto se alejó un poco […] Depué que le he hecho el favor de caminar en su mula, no me ha querido pagá y me ha robao el indino.
En Tlaxcala, Fulgencio se quejó de que lo habían robado unos arrieros, pero el alcalde respondió: “¡Imposible! ¡Si es la gente más honrada de todo el reino! Conducen dinero, alhajas y toda clase de efectos muy valiosos y en cuarenta años que hace que resido en el país, no he oído decir que los arrieros se hayan robado una sola hebra de seda.
Fulgencio insistió en que había trabajado y que no le habían pagado.
-¿En qué has trabajado?, le preguntó el alcalde.
-En venir encima del mulo, respondió el andaluz.
El alcalde rió de buena gana ante semejante ocurrencia, y sólo por compasión no lo metió a la cárcel ni lo mandó azotar por calumniador y embustero.

Este es un cuento, claro está, pero no deja de ser significativo que desde la época colonial se destaque ya la generosidad de los arrieros y su calidad como la gente de mayor confianza y seguridad en México.
Fuera de cuentos, si el apreciable lector desea mayor información sobre la arriería en la Nueva España le recomiendo el siguiente artículo:
http://suite101.net/article/auge-y-ocaso-de-la-arrieria-en-mexico-a40469#axzz2Gz0JrBjO