viernes, 19 de abril de 2013

Los viejos caminos reales


Un arriero orienta a un grupo de viajeros.

   A partir del siglo XVI empezó en la Nueva España la apertura de caminos reales para satisfacer las necesidades del comercio. Estos caminos siguieron muchas veces las rutas trazadas por los antiguos mercaderes indígenas que abastecían a los principales centros de población, como lo fue la gran Tenochtitlan, cabecera del Imperio Azteca.
   De esta manera, durante la Colonia cobraron importancia los caminos México-Puebla-Jalapa-Veracruz, para el comercio con Europa; México-Cuernavaca-Acapulco, para el comercio con Filipinas; México-Querétaro-Guanajuato-Guadalajara, para el  Occidente del país; México-Aguascalientes-Zacatecas-Durango-Chihuahua, hacia el Norte; México-Toluca-Morelia, Guadalajara-Tepic-San Blas y Guadalajara-Colima, en el Occidente; Tampico-Tula-San Luis Potosí-Aguascalientes, entre la Costa del Golfo y el Altiplano, así como Puebla-Tehuacán-Oaxaca y Veracruz-Alvarado-Coatzacoalcos-Campeche y Mérida, para el Sureste, entre otros.

Pésimo estado de los caminos

   Todos estos caminos, incluso los más transitados, como el de México-Veracruz, se mantuvieron durante los tres siglos de la Colonia, y mucho después, en muy mal estado; cualquier camino vecinal de Inglaterra, decía un viajero del siglo XIX, sería mejor que el de Veracruz. Es más: la primera carretera pavimentada del país, que es la de México-Nuevo Laredo, inaugurada en 1925, no tiene 100 años en servicio.
   Los  viejos caminos reales, por donde traficaban miles de arrieros con sus recuas, permitían el paso de carruajes; su anchura era por lo general la de un carruaje; muchas veces los viajeros tenían que descender de sus vehículos para que estos pudieran avanzar a través de las montañas por caminos vertiginosos y escarpados. Obvio es señalar que los viajes largos entre una región y otra del país, que hoy se realizan en unas cuantas horas, entonces duraban semanas y meses.

Por senderos de lobos, entre bandidos y sin mapa

   La red de caminos reales se ampliaba a través de numerosos caminos vecinales, que no eran más que senderos por los que apenas podía desplazarse un hombre montado a caballo, o un arriero que seguía a su mula: “Tristes senderos abiertos en la espesura”, “caminos intransitables, espinosos, que conducen al Paraíso”, “caminos de lobos”, se quejaban los primeros turistas del siglo XIX.
   Los caminos del Norte y los del Sureste, al cortarse abruptamente por los ríos, era necesario atravesarlos hundiéndose con la cabalgadura hasta el cuello, utilizar un ferry, o rodear grandes extensiones para evitarlos. En las selvas, las barcazas y las canoas cumplían esta función.

El arriero, indispensable como guía

   Tanto los caminos reales como los vecinales estuvieron muchas veces infestados de bandidos, que asaltaban, robaban y mataban a no pocos de los que se aventuraban a transitarlos, principalmente después de alcanzada la Independencia nacional, en 1821, hasta principios del gobierno del general Porfirio Díaz, a fines del siglo XIX, quien ejerció mano dura contra el bandolerismo.
   Y para colmo de males,con frecuencia los viajeros se extraviaban en estos caminos, por falta de mapas. Así las cosas, fue muy común en aquel tiempo contratar los servicios de guías, que no eran otros que los arrieros, conocedores como nadie de sus respectivas rutas.

   Fuente: Viajes en México. Secretaría de Obras Públicas (1972).
   Imagen: Imágenes históricas de Guadalajara en Facebook.

viernes, 12 de abril de 2013

El encuentro de Maximiliano y Mariano Escobedo



General Mariano Escobedo.

   Figuraos al antiguo arriero, al mozo de mulas, al guerrillero, discutiendo con un archiduque, con un hombre que ha vencido en la disputa hombres como Lord Palmerston y Cavour… Vamos, vamos, que ardo en deseos de darle un buen varapelo a Escobedo y probarle que frente a frente no somos iguales ni me vence.
   Tal expresión pone el escritor Victoriano Salado Álvarez, en su drama Querétaro, en boca del emperador Maximiliano, poco antes de que éste se rindiera personalmente ante el general Mariano Escobedo, jefe de Operaciones del Ejército Republicano, en 1867.
   Hasta los 25 años de edad, Escobedo se dedicó a la agricultura, al comercio y a la arriería, especializándose en el arreo de ganado entre su natal San Pablo de los Labradores, en Nuevo León, y Matehuala y Saltillo, en el Norte de México. Este conocimiento de las bestias y de los hombres, así como de los intrincados caminos del país, lo llevó más tarde al exitoso desempeño de altas responsabilidades militares, como lo fue la toma de Querétaro, que definió el triunfo de los liberales ante el ejército conservador.
   En el drama mencionado, Salado Álvarez describe el encuentro entre Escobedo y Maximiliano, quien ya prisionero, al principio dio poca importancia al personaje con quien hablaba, diciéndole que prefería tratar con Benito Juárez, pero luego comprendió su situación, y más tarde se quejó ante los suyos:
   Habéis de estar entendidos de que, en vez de que Escobedo me esperara, como era razón, compungido y lleno de temor, me aguardaba, por el contrario, repleto de orgullo y con un tonillo autoritario que daba grima.
   Escobedo entendía que Maximiliano, un hombre de buena fe, pero engañado por quienes él creía sus amigos de Europa y de México, habría de ser fusilado, como de hecho lo fue el 19 de junio de 1867.

   Fuente: Victoriano Salado Álvarez. Querétaro (1902-1906).
   Para mayor información sobre el tema, recomiendo al apreciable lector el siguiente artículo: http://suite101.net/article/arrieros-notables-de-mexico-a59688#axzz2QDsRoYLu

viernes, 5 de abril de 2013

Melchor Ocampo hace la felicidad de un arriero


Melchor Ocampo.

   Llamado el Santo de la Reforma por su gran generosidad, Melchor Ocampo (1814-1861), autor de la epístola que lleva su nombre y que hasta hace poco se leía a todas las parejas casadas por lo civil en México, muy joven aún recibió por vía de herencia la Hacienda de Pateo, en su natal Michoacán, donde adquirió el gusto por la agricultura, interesándose además por el trabajo y la suerte de los peones.
   Un día en que Melchor presidía la cosecha de trigo en su hacienda -narra Victoriano Salado Álvarez-, los arrieros acudían con sus bestias para cargar el grano y conducirlo a los molinos inmediatos. Fue entonces cuando un pobrecillo con un macho paticojo, la pechera cayéndose a pedazos de puro usada, un viejo sombrero de palma en la cabeza y un aspecto de miseria triste, de inferioridad resignada, de bondad y mansedumbre que oprimían el ánimo, dijo a un compañero señalando un montón de trigo.
   -Yo sería dichoso si me dieran eso.
   Le oyó el Santo de la Reforma, y encarándosele le preguntó:
   -¿Por qué se considera usted dichoso con tan poco?
   -¡Oh, señor! –respondió el pobre-, porque con eso tendría para comprar una recua, realizar utilidades y contar con un punterito para mantención de mi familia.
   -Pues lléveselo, es suyo –dijo el grande hombre; y en seguida mandó le pusieran el trigo en sacos y lo cargaran en media docena de mulas que le regaló.
   Sobra decir que con esta singular manera de administrar la riqueza la Hacienda de Pateo fue declarada en quiebra a la vuelta de pocos años. Melchor se dedicó luego a la política, habiendo sido gobernador de su Estado, senador de la República y ministro de Relaciones y de Guerra en el gobierno de Benito Juárez, durante la Guerra de Reforma.
   Ocampo fue fusilado y colgado de un árbol en la Hacienda de Caltengo en 1861, sin proceso de causa, por órdenes de los generales conservadores Leonardo Márquez y Félix Zuloaga.

   Fuentes: Victoriano Salado Álvarez. La Reforma. Episodios Nacionales (1902).     Enciclopedia de México (1978).

viernes, 22 de marzo de 2013

Plaga de bandidos en el camino Bolaños-Guadalajara


   Alcanzada apenas la Independencia nacional, el capitán George Francis Lyon, de la Marina Real Inglesa, fue comisionado en 1826  por las compañías mineras de Real del Monte y Bolaños para explorar las posibilidades económicas de la minería mexicana, razón por la cual recorrió durante ocho meses a caballo gran parte del país. En su libro “Residencia en México, 1826”, menciona el camino Bolaños-Guadalajara como uno de los más peligrosos, debido a la proliferación de asaltantes que robaban y mataban a los viajeros.
   Acompañado por dos ejecutivos de la empresa minera, dos arrieros, algunas mulas cargadas y unos cuantos caballos de montar extras, G.F. Lyon salió el 31 de agosto de 1826 de Bolaños, siguiendo el curso del río del mismo nombre hacia el Sur, para llegar a Guadalajara el 5 de septiembre, es decir, cinco días de viaje, durante los cuales se enfrentó a cuatro distintas amenazas de asalto, de las cuales salió ileso, gracias en buena medida a su formación militar.
   Dice que luego de pasar la hermosa aldea de Chimaltitán, subieron por la Cuesta Pericos y luego a Potrerillos, hasta llegar a un cerrado desfiladero donde encontraron a tres pobres hombres, quienes nos informaron que dos días antes los habían detenido y robado trece hombres bien armados. Aparte de robarles sus pertenencias, los bribones los habían desnudado y abandonado junto al camino, atados de pies y manos, hasta que fueron encontrados por unos viajeros.
   Luego, al arribar a la Hacienda de La Estanzuela, la caravana inglesa encontró a un grupo de 17 mercaderes armados con cargas valiosas procedentes de Guadalajara. El día anterior esta gente se había topado con 15 ladrones, bien montados y fuertemente armados, pero al enfrentarse, los mercaderes los hicieron huir.
   Ahí se dio cuenta que casi todos los bandidos y especialmente el capitán de esa gavilla, eran conocidos en Guadalajara, donde gastaban sin temor alguno el dinero robado en el camino, a pesar de los múltiples reportes y quejas de los mercaderes.
   Ante semejante riesgo el capitán inglés contrató a otros cinco hombres armados para reforzar el grupo y continuar su camino hasta San Cristóbal, pasando por la Cuesta del Malacate, donde tres viajeros más habían sido atacados.
   Ya en San Cristóbal, la caravana se acomodó en el portal de la tienda del alcalde. Ahí llegaron noticias frescas de los ladrones, que habían pillado una gran recua de mulas por El Paso del Escalón, casi a la vista de Guadalajara. Entonces, el alcalde ofreció acompañar a Lyon hasta Guadalajara, con otro grupo armado igual al de él, para completar una fuerza de 17 hombres armados.
   Cerca de Milpillas encontraron a 11 hombres a caballo; al principio pensaron que serían ladrones, pero resultaron viajeros decididos también a resistir a los bandidos.
   Durante todo el trayecto, G.F. Lyon dice haber encontrado 11 cruces rústicas que marcaban el sitio del entierro de las víctimas de los ladrones, con una inscripción en que pedían una oración por el bien de su alma.
   Para colmo de males, al arribar a Guadalajara, la comitiva inglesa fue detenida en la garita, donde los celosos guardianes examinaron todos los baúles. A Lyon le quitaron 500 dólares, acusándolo de contrabando, ya que en aquel tiempo era delito pasar dinero de un Estado a otro sin permiso.
   Mi propiedad se hubiera perdido para siempre si no hubiera sido por la amable ayuda de mi amigo don Manuel Luna, para quien había traído cartas de recomendación y cuyo carácter y hospitalidad son proverbiales, concluye el ilustre viajero.

   Fuente: G. F. Lyon. Residencia en México, 1826.


viernes, 15 de marzo de 2013

Las cinco mulas cambujas


Camino Veracruz-México-Guadalajara-Tepic.

   Relumbrón llama Payno en Los Bandidos de Río Frío a un influyente coronel  que en los años 30 del siglo XIX llegó a ser muy poderoso en México no sólo por sus relaciones políticas de muy alto nivel sino por las fabulosas riquezas que pudo acumular gracias a los prósperos negocios que administraba, en su mayoría ilegales, y sobre todo por la extensa red de bandoleros que controlaba y que acudían a él para recibir órdenes y compartir “utilidades”, reconociéndole como jefe de jefes.
   Aunque Relumbrón aparece en esta obra como un personaje novelesco, lo cierto es que por aquella época fue procesado, condenado a muerte y ejecutado el coronel Yáñez, ayudante cercano del presidente Antonio López de Santa Ana, al descubrirse una serie de asesinatos y robos cometidos por las bandas que protegía dicho militar, teniendo cogidas en su red a muchas de las principales familias de México.
   Resulta que Relumbrón, siempre en busca de los negocios más jugosos, acudió en una ocasión a la Feria de San Juan de los Lagos, Jalisco, que era entonces una de las principales del país. Ahí, durante un banquete que ofreció a los  ricos comerciantes de la región, escuchó a dos de ellos, originarios de Tepic, Nayarit, que conversaban en voz baja sobre un contrabando de oro que harían a la Costa del Pacífico, para embarcarlo en un barco de guerra inglés.
   Convencidos ambos comerciantes de que, por su honradez, a los arrieros se les puede fiar oro molido, convinieron en distribuir y ocultar el tesoro en los aparejos de cinco mulas cambujas, que cargadas con barriles vacíos de aguardiente pondrían al cuidado de unos arrieros, mismos que se incorporarían a otros hasta formar un hatajo de 50 mulas transportando aguardiente y azúcar por el camino Guadalajara-Tepic. De esta manera, nadie sospecharía del contrabando de oro que enviarían a Mazatlán, Sinaloa, evadiendo el pago de impuestos.
   Enterado Relumbrón de los detalles de este viaje, mandó llamar a uno de sus capitanes de mayor confianza, llamado Pedro Cataño, a quien encargó aplicar toda su astucia para convertirse en compañero de ruta de todos esos arrieros, y en el lugar más propicio cortar de la recua las cinco mulas cambujas, para conducirlas a un rancho del propio Relumbrón.
   Todo resultó de acuerdo a lo planeado: Cataño se las ingenió y en el momento que juzgó oportuno, una noche en que los arrieros dormían, separó las cinco mulas cambujas, que con prisa condujo, todavía con los barriles de aguardiente vacíos, al rancho de Relumbrón, donde a la vista de éste fueron descargadas las bestias, encontrando en los aparejos, donde normalmente hay borra y zacate, veintidós mil pesos en oro envueltos en gamuza gruesa.
   Moraleja: Para unos que madrugan hay otros que no duermen.
   Mula cambuja: De color negro con visos rojizos.
   Dibujo: Alberto Beltrán. Viajes en México. SOP (1972).
   Fuente: Manuel Payno. Los Bandidos de Río Frío (1889-1891).

viernes, 8 de marzo de 2013

Asalto a la diligencia México-Veracruz


Camino de diligencias México-Veracruz.

   En los años 30 del siglo XIX los caminos de México se habían llenado de ladrones, ya que los gobernantes, enfrascados en la lucha por el poder, no tenían tiempo de ocuparse en la seguridad de los viajeros. Una de las rutas más peligrosas era la de México-Veracruz, recorrida a diario por gente adinerada a bordo de diligencias, así como por numerosos arrieros que traficaban con mercancías entre ambas ciudades.
   Sobre ese camino, en el monte de Río Frío, entre los valles de México y de Puebla, operaba una famosa banda de asaltantes, cuyas acciones recrea Manuel Payno en su novela Los Bandidos de Río Frío (1888-1891).
   En el primer asalto a la diligencia que encabezó el capitán de bandidos llamado Evaristo, éste apareció de pronto en el camino al frente de un grupo de enmascarados montados en buenos caballos y bien armados.
   ¡Alto!, gritó Evaristo al cochero, haciendo girar y pararse de manos a su caballo alazán y apuntando su pistola en todas direcciones. Cuando el carruaje se detuvo, se acercó a la portezuela derecha, y apuntando dijo: Al que se mueva o grite le vuelo la tapa de los sesos.
   Entre los pasajeros se hallaba don Manuel Escandón, uno de los empresarios más poderosos de la capital mexicana, otros dos ricos empresarios, dos señoras ancianas que regresaban a Puebla con sus dos criadas, y dos comerciantes que bajaban a Veracruz a hacer sus compras de invierno.
   Todos ellos habían oído hablar del peligro que había en ese punto del camino, pero también sabían que si no oponían resistencia, podían salvar la vida. Ante el terror de sus compañeros de viaje, don Manuel Escandón dijo tranquilamente: No hay necesidad de violencia, señor capitán. Estamos prontos a hacer lo que usted mande.
   Entonces, todos los pasajeros empezaron a entregar sus pertenencias: dinero, relojes de oro, alhajas y hasta relicarios que llevaban las señoras con imágenes y astillitas de huesos de santos.
   Cuando los pasajeros dijeron que ya habían entregado todo, el bandido les ordenó que bajaran de la diligencia y se tendieran boca abajo en el suelo, amenazándolos de muerte si levantaban la cabeza. Una de las ancianas, que luego se supo era doña Cayetana del Prado, dama antigua y principal de Puebla, había ocultado en el seno una bolsita de seda llena de escuditos de oro, que creía haber escapado, pero por desgracia se le cayó al bajar del carruaje. Esto encendió la cólera del bandolero.
   Sin embargo, siguió la búsqueda de bultos, baúles y equipajes de los viajeros, a bordo de la diligencia. 
   En eso pasó por el camino una recua de mulas cargadas con azúcar y aguardiente, seguida a pocos minutos por indios de las cercanías, a pie, y por otros con burros cargados con huacales de fruta o de vacío. Todos fueron detenidos y amenazados de muerte por los enmascarados si intentaban retroceder o defenderse.
   Evaristo ordenó a los pasajeros que se levantaran todos, menos la anciana que había ocultado la bolsita con oro, y encaminándose hacia ella con la pistola en la mano, amenazó con matarla, pero ante las súplicas de los demás pasajeros, en vez de darle un tiro, tomó la cuarta que tenía abrochada en la pretina de las calzoneras, levantó las ropas y le aplicó dos o tres cuartazos que le hicieron dar gritos de dolor. La pobre señora se desmayó.
   Después el bandido hizo subir a todos en el carruaje y les dijo: Los he tratado como si hubieran sido mis amos, pero tengan muy presente lo que les voy a decir: si al llegar a Puebla chistan una palabra, cuéntense por muertos […]. Donde quiera que los veamos los hemos de matar. Y agradezcan que por ustedes no maté a esa condenada vieja que ya me había robado el fruto de mi trabajo.
   Luego, ordenó al cochero que arrancara, y cuando  la diligencia desapareció entre las vueltas del camino, reunió a los arrieros e indios detenidos, que eran más de 30, y les hizo las más terribles amenazas si decían algo de lo que había pasado.
   Finalmente, se fue con sus enmascarados a su escondite, en el Rancho de los Coyotes, a repartir el robo, que sumó 600 pesos en monedas de oro y plata; tres relojes de oro y uno de plata; como diez anillos de oro con algunos brillantes, otras alhajas y ropa nueva y muy cara que venía en el baúl de don Manuel Escandón.  Evaristo quedó contento. Dejó para él la tercera parte del botín, a su segundo, Hilario, le dio otra tercera parte, y el resto lo repartió entre los indios integrantes de la banda.
   De ahí en adelante, Evaristo y sus secuaces siguieron cometiendo numerosos asaltos en ese camino, con la mayor impunidad.

   Dibujo de Alberto Beltrán. Viajes en México (1972). Secretaría de Obras Públicas.
   Fuente: Manuel Payno. Los Bandidos de Río Frío (1888-1891).

viernes, 1 de marzo de 2013

Así viajaban los ricos hacendados



   Los Bandidos de Río Frío (1888-1891), novela de Manuel Payno que describe magistralmente costumbres y personajes populares de la primera mitad del siglo XIX en México, ilustra la forma en que viajaban los ricos hacendados de la época tanto en sus recorridos entre la capital mexicana y sus haciendas como entre éstas y sus ranchos.
   En viajes largos, por lo general se transportaban en el llamado avío, consistente en un pesado coche de forma esférica, revestido de su camisa blanca de lona, tres tiros de mulas para la remuda, un chinchorro de mulas de lazo y reata para los equipajes y quince o veinte mozos armados de machetes y tercerolas, vestidos de gamuza amarilla y en buenos caballos.
   Llegados a su destino, los ricos propietarios, pertenecientes muchos de ellos a la nobleza mexicana, que por fuerza de costumbre sobrevivió algún tiempo a la Independencia, caminaban de una a otra de sus haciendas y ranchos en carruajes menos vistosos, pero bien pintados y lustrados.

Viaje de lujo a la Hacienda del Sauz

   Sin embargo, cuando querían impresionar a alguien, los poderosos terratenientes viajaban con derroche de lujo. Éste fue el caso del marqués de Valle Alegre cuando pretendía casarse con Mariana, hija del conde don Diego, propietario de la Hacienda del Sauz.
   En esa ocasión el marqués llegó a la hacienda de su pariente, escoltado por 25 soldados, a bordo de su coche, una gran máquina esférica de color azul de cielo, con sus armas en las portezuelas sostenidas por dos gruesas varas doradas, dos enormes ruedas traseras y dos pequeñísimas delanteras.
   Tiraban de este pesadísimo carruaje, que parecía sacado de algunas caballerizas reales, ocho mulas prietas, dos de tronco, cuatro de centro y dos de guía, gobernadas por dos cocheros vestidos de rancheros pero de paño grueso oscuro. En ese coche había hecho el marqués el camino, y aún algunas noches había dormido dentro de él, prefiriéndolo a las malas posadas de los ranchos.
   Al carro del distinguido galán seguía el de las criadas, por el mismo estilo, pero de menos lujo, y uncidas a éste había ocho mulas bayas, que en brío y carnes no eran inferiores a las prietas.
   De remuda había ocho mulas retintas, pero lo más selecto, lo más valioso, era un tiro de mulas blancas, añadidas al avío, que estaban al cuidado de seis u ocho mozos bien montados y con sus reatas en los tientos.
   La retaguardia se formaba por un chinchorro de diez mulas, con sus respectivos arrieros, sus aparejos nuevos, adornados con madroños de lana de colores, y en las atarrias (albardas) un letrero de paño blanco sobre fondo rojo, que decía: Sirvo a mi amo el marqués, y así daba vuelta engastando vistosamente las ancas redondas de las mulas.

   Adviértase que, lejos aún del automóvil, aquellos hacendados no la pasaban mal…

Imagen: Coche de colleras. Litografía de Claudio Linati. 1828.

Fuente: Manuel Payno. Los Bandidos de Río Frío (1888-1891).