Estudios, entrevistas, artículos periodísticos, anécdotas y comentarios sobre el origen y desarrollo de la arriería, principal medio de transporte y comercio en México entre los siglos XVI y XIX y parte del XX.
viernes, 30 de marzo de 2012
El regreso del arriero
Los Guajes. Las Ánimas. La Huerta de don Carmelo. El Camposanto. El vado del arroyo. La cañada se angosta. El pueblo no se ve; pero ya está en él. Una casa. Otra. Cercas. Conato de calle. Se hacen más frecuentes las casas. Irregular, tortuoso, el camino, al fin, ya forma una callecita, que a grandes trechos deriva callejones al Arroyo o a las estribaciones de la Mesa Real. El sol –un sol dominguero, liberal, que se ha quedado sin ir a misa, sentado en el bordo de las azoteas, acariciando con su vestido las fachadas, arrastrándolo apenas por la banqueta derecha- es un excelente ciudadano que no riñe ni con el cura, ni con el alcalde, y alegra democráticamente a todos los habitantes por igual.
En el empedrado resuena bullangueramente la llegada del atajo, como diana de convite, que halla eco dentro de las casas y en la rutina somnolienta de los corazones.
--Va llegando Lorenzo de Guadalajara.
Los vecinos se asoman a puertas y ventanas.
--¿Cómo te va, qué tal te fue, qué novedades hay por aquellos rumbos?
Correo, periódico, agente confidencial y de compras, bolsa de valores, trueques y chismes, el regreso del arriero es un acontecimiento que remueve la monotonía del villorrio.
--Esperando tu llegada, tienes a Mauricio como ánima en pena o como pájaro enjaulado.
--Cho, burros, cho –grita Lorenzo con desparpajo-, nomás los desaparejo, cristianos, no coman ansias con sus encargos, adiós doña Rita, cho, sí, no se me olvidó su bitoque, don Juan, cho, burros, ora sí que corren al olor del pesebre, sin chirrión ni malas palabras, aquí vuelvo con sus avíos…
Callejón del Pozo. Casa de Carmelita con zaguán en alto. Frente, los portales ahumados donde vive María Carrizales. Nueva torcedura de la calle. Al fondo, el portal del curato. Panadería de don José. Zapatería de Simón.
El atajo de Lorenzo desemboca en la plaza a la hora en que la campana mayor anuncia la Elevación, y los que por la plaza transitan suspenden actividades, se quitan el sombrero y se arrodillan. El alboroto de los burros no respeta el silencio. Lorenzo como que se avergüenza de la irreverencia en que sus animales incurren. Suena la última campanada y el comercio se reanuda. Ya el sol arrastra sus vestiduras por media calle. Fatigosamente cuenta las diez el reloj de la Presidencia.
Fragmento de “Aserrín de Muñecos”. Agustín Yáñez (1926).
viernes, 23 de marzo de 2012
Don Lencho y doña Pánfila
Al ganar el puerto, en el rancho de La Silleta, los animales reconocieron su terreno y trotaron sin mediar chirrionazo ni grito de arriero.
- Adiós, don Lencho, apiése a almorzar: ya están las calientes.
- Ora no, doña Pánfila, dispénseme; quiero alcanzar la misa mayor; tanteaba amanecer en el pueblo; pero se me cargó el sueño en San Cristóbal.
- ¿Dónde comenzó a esclarecerle?
- Pasando la Escondida.
- Y ¿qué hay de nuevo por Guadalajara?
- ¿Lo cree que nada?
- ¿Y en el camino?
- Tampoco.
- Decían que la otra semana habían robado en el Pedregal.
- Creo que no es cierto.
- Pues tampoco en el pueblo se bulle nada. En la Estanzuela fue donde hubo unas muertes por una muchacha; dicen que unos norteños y uno del cañón de Juchipila, que iba a las fiestas del Teul.
- ¿Pasa gente al Teul?
- No como otros años. Mercancía sí, mucha.
- Bueno, doña, con su venia. Los burros van mucho lejos, al olor de la querencia, y mire nomás lo alto que está ya el sol.
- Ándele, siquiera un taco. Leche ora no tengo. Dende ayer que se fue el viejo al pueblo se quedaron sin ordeñar las vaquitas que tenemos a medias con tío Ultimio. Óigame, don Lencho, ¿qué día pasa de vuelta?
- Al miércoles según mis tanteadas.
- ¿Lleva mucha carga?
- Poca. En San Cristóbal voy a cargar naranja. ¿Se le ofrece algo?
- Sí, perdonando la confianza, quiero hacerle unos encarguitos: que le lleve a mi hermana una carta y unos centavitos para que si no es molestia mucha me traiga unas varas de manta, un percalito, y a ver si unas colacioncitas para endulzar la boca.
- Lo que se le ofrezca, doña Pánfila, y quédese con Dios, ya sabe.
- Si allá ve en el pueblo a doña Rosalía me la saluda, y si se topa en la plaza con el viejo, le dice que por acá no hay novedad. Vaya con Dios, don Lencho…
Fragmento de “Aserrín de Muñecos”. Agustín Yáñez (1926).
viernes, 16 de marzo de 2012
Sabiduría de los refranes
- ¿Cree
usted en la sabiduría de los refranes?
- -Yo
no tengo otra, pues apenas aprendí a hacer patas de mosca en la escuela, mi
padre, arriero como yo, me dijo: piedra que rueda no echa lama, y me puso de guión
en una recua. Todo lo demás lo he aprendido subiendo y bajando por estos
caminos. Y, como dice la canción, le voy a contar un cuento para que de mí se
acuerde:
Cuando iba a salir, arreando ya mis dos primeras mulas, mi padre,
echándome la bendición, me aconsejó: ¡Cuídate siempre de un cojo y de un calvo!
Una vez, allá por el lado de Jilitla, me llegué a una trastienda y le dije al
hombre que estaba detrás del mostrador: guárdeme, amigo, este morralito con
esos doscientos trompudos… ¡Nada menos que la venta de toda mi mercancía!
Cuando quise recoger mi dinero, el hombre me contestó no haber recibido nada.
¡Y fui viendo que era cojo!
Otro arriero, hombre de experiencia, a quien le conté mi desgracia, me
dijo: no tengas cuidado, muchacho. Y se fue a la misma tienda. Al llegar, le
dijo al cojo: amigo, un sobrino mío le dejó a guardar ayer un morral con
doscientos pesos y ahora yo quiero poner en el mismo lugar cien pesos más, pues
quién mejor que usted para guardar nuestro dinero, ¡el comerciante más honrado
del pueblo!
Tal vez el ladrón se dijo que en lugar de doscientos pesos, bien podía
quedarse con trescientos, y fue por el morral. Pero cuando mi amigo lo tuvo en
las manos, en vez de agregar su dinero, se alejó un poco del mostrador, y antes
de dar la media vuelta le gritó:
-
-¡Usted
es cojo, pero yo soy calvo!
El otro se quedó abriendo la boca.
Fragmento de “Arrieros”. Gregorio
López y Fuentes (1944).
viernes, 9 de marzo de 2012
Nostalgia del camino
México,
enero de 1937.
Refranero:
“Sólo tomo
la pluma para saludarte”, me dices en tu atenta, y es el caso que arrebiatas
como recua por vereda tres o cuatro asuntos más: Te quejas del fastidio de la
casa, y es que extrañas el camino; pero convéncete, hombre; el palo ya no está
para cucharas. Te sucede lo mismo que a los postillones de nuestras
diligencias, al ser metidos los ferrocarriles, allá cuando los perros se
amarraban con tasajo y no se lo comían… ¿Te acuerdas del viejo Chente? Siempre
nos hablaba de las conductas, de sus remudas alazanas, de los plateados
asaltantes y de otros chismes de su tiempo.
Pues lo
mismo sucede ahora a los arrieros viejos, de aquellos rumbos en que ya se están
construyendo carreteras; se van quedando en casa, como tú dices, sólo a echar
gallinas. Es natural; el flete resulta más barato. La recua ya no sirve más que
para acarrear agua de la noria y para ir por leña al monte.
Agregas que
quien no quiera llorar, que no se acuerde, y es el caso que tú no haces más que
acordarte de aquellos caminos que en alguna ocasión recorrimos juntos, creyendo
que eran muy largos, cuando que dentro de poco podrán recorrerse en unas horas.
Leyendo tu
carta, me sucedió lo que tú crees que sucede a los moribundos: que salen en
espíritu a recoger sus pasos…
Fragmento de “Arrieros”. Gregorio
López y Fuentes (1944).
domingo, 4 de marzo de 2012
Mañas de las bestias
Entre los hábitos negativos más curiosos que
conserva la arrieril historia se encuentra la de aquellos animales conocidos
como zorreros, que consistía en que al estarlos cinchando o fajando inflaban la
panza tanto que al ponerse a caminar y recobrar su volumen normal, la tarria
que los abarcaba se volvía floja, se movía el aparejo y se producía la cómica
estampa de una mula zorrera con los tercios colgándole por los flancos.
Claro que a esta maña también se le encontró
remedio, pues “para uno que madruga hay otro que no se acuesta”, o igual,
“cuando tú vas, yo ya vengo”, y la solución consistía en que cuando los
arrieros estaban ya listos para cinchar, y la mula zorrera inflaba su inmensa
panza, uno de ellos le daba con una vara un fuerte piquete en las verijas; el
animal, ante el inesperado estímulo, emitía un cavernoso pujido y frunciendo la
barriga echaba fuera el aire, momento que aprovechaban los hombres para
retrincarle la tarria a su máximo, lo cual ciertamente no era aconsejable en
una bestia normal.
Además, los arrieros demostraban con hechos su
principio de que “pa’ todo tumor hay cataplasmas, sabiéndolas aplicar”. Otra
mala costumbre, cuando algún animal por cualquier motivo o simple euforia
primaveral se soltaba salta que salta, tratando de quitarse los fardos, bastaba
con poner entre los tercios un sobornal con carga de tierra, que sirviéndole de
lenitivo a su euforia le hacía dedicarse a lo suyo, que era caminar y caminar
únicamente.
Fragmento de “Trilogía Histórica
de Colima”. Roberto Urzúa Orozco (1986).
viernes, 24 de febrero de 2012
Psicología del arriero
El
arriero tiene el alma ilógica y absurda del capitán de un barco o un conductor
de trenes. La perenne inquietud que da a las almas el deseo de conocer mil
hombres y mil pueblos distintos. Hablar con el capitán de un barco es como
hacer un viaje alrededor del mundo. ¡Cuántas bellas ciudades, cuántas lindas
mujeres ha visto este hombre a través de sus largas peregrinaciones!
Sin
embargo, en las almas inquietas de los arrieros, estos humildes peregrinos, hay
una gran dosis de serenidad y de filosofía resignada, que no es fácil encontrar
en el capitán de un barco o en el conductor de trenes.
Esto se
debe, seguramente, a que el pensamiento del arriero se mueve al mismo compás
del andar lento y cansado de sus cabalgaduras, siempre cargadas de mercancía y
cruzando por ásperos caminos pedregosos, sin puentes, y casi siempre
suspendidos sobre profundas simas.
Además, el oficio de la arriería, requiere un
largo aprendizaje, en donde es preciso ejercitar, sobre todo, la paciencia,
para escuchar con calma los fuertes improperios y las palabras mal sonantes que
indefectiblemente lanzarán los arrieros superiores contra los inferiores; pues
sabido es que para significar la mala educación de una persona, se dice que
parece un arriero.
El muchacho que se dedica a la arriería, debe
ser lo más despierto y avezado posible. Pues colocar un aparejo, aunque parezca
extraño a las personas ciudadanas y poco instruidas en el difícil oficio de la
arriería, requiere una enseñanza concienzuda.
Los “suaderos” se deben
colocar cuidadosamente, y después de un detenido examen del lomo de las mulas,
para evitar desolladuras o “matadas” lamentables. Las cinchas, igualmente, se
deben apretar de un modo hábil para que no vayan ni demasiado ajustadas y
provoquen en las mulas esos ruidos poco decorosos, ni demasiado flojas, de
manera que hagan peligrar la carga.
Es también indispensable
en el oficio de la arriería, conocer algo de veterinaria; pero no de la
veterinaria erudita y sabia de los libros, sino de la veterinaria práctica que
es más difícil de alcanzarse, pues sólo puede aplicarse después de una madura
observación de los síntomas y teniendo en cuenta la idiosincrasia de la mula
enferma, lo que no es muy sencillo.
Fragmento de “La Arriería en México”. Salvador Ortiz Vidales (1929).
lunes, 20 de febrero de 2012
Los arrieros y sus burros: filosofía práctica
Gracias a sus burros, a los que atendían con esmero, los arrieros llegaron a comprender lo más difícil, que es el carácter de los hombres.
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