México,
enero de 1937.
Refranero:
“Sólo tomo
la pluma para saludarte”, me dices en tu atenta, y es el caso que arrebiatas
como recua por vereda tres o cuatro asuntos más: Te quejas del fastidio de la
casa, y es que extrañas el camino; pero convéncete, hombre; el palo ya no está
para cucharas. Te sucede lo mismo que a los postillones de nuestras
diligencias, al ser metidos los ferrocarriles, allá cuando los perros se
amarraban con tasajo y no se lo comían… ¿Te acuerdas del viejo Chente? Siempre
nos hablaba de las conductas, de sus remudas alazanas, de los plateados
asaltantes y de otros chismes de su tiempo.
Pues lo
mismo sucede ahora a los arrieros viejos, de aquellos rumbos en que ya se están
construyendo carreteras; se van quedando en casa, como tú dices, sólo a echar
gallinas. Es natural; el flete resulta más barato. La recua ya no sirve más que
para acarrear agua de la noria y para ir por leña al monte.
Agregas que
quien no quiera llorar, que no se acuerde, y es el caso que tú no haces más que
acordarte de aquellos caminos que en alguna ocasión recorrimos juntos, creyendo
que eran muy largos, cuando que dentro de poco podrán recorrerse en unas horas.
Leyendo tu
carta, me sucedió lo que tú crees que sucede a los moribundos: que salen en
espíritu a recoger sus pasos…
Fragmento de “Arrieros”. Gregorio
López y Fuentes (1944).